Metáfora


Las metáforas son verdades camufladas y las parábolas advertencias que caminan por los atajos. Podríamos decir, que lo bueno tiene tendencias a ocultarse para que lo malo pueda prosperar. ¿Sabemos lo que es malo y lo que es bueno, o, simplemente, sabemos distinguir lo que nos interesa?

Todo el mundo le aplicaba el tratamiento de don. Sin embargo, ningún título que pudiera acreditar este merecimiento existía. No había pasado por la Universidad; no había hecho el Bachillerato; nunca había ostentado ningún cargo público, ni siquiera había sido rico en ninguna época de su vida. Solamente era simpático, culto y digno.
En el momento que empieza esta historia, don Gonzalo podría tener unos sesenta años. Tenía escaso pelo, casi blanco, frente estrecha y ojos de halcón. Su nariz afilada, casi descansaba sobre una pequeña boca apenas perfilada en la cornisa de la empinada barbilla. Era alto, de tor­so encogido y piernas delgadas.
Tenía dos trajes: uno para todos los días y otro para las grandes so­lemnidades. El primero, azul mari­no de buen paño de Béjar, producía dignos reflejos tornasolados por el paso diario de la plancha. El segun­do traje, también del mismo paño, era negro, bien conservado por el poco uso. Su estado oficial, soltero. Aunque llevaba muchos años con­viviendo con la viuda de su mejor amigo, que había muerto muy joven en un fatal accidente de trabajo.
Esa mañana, don Gonzalo se levantó muy temprano. Todavía no eran las nueve, cuando ya se encon­traba en el mercado. Entró en el pequeño bar y tomó posesión de su velador favorito.
Mientras le servían el café, no dejaba de observar la oscura grieta que, en diagonal, rompía la tapa de mármol. ¿Por qué le atraía aquel velador deteriorado, habiendo otros en perfecto estado? La costumbre puede producir la gran fuerza que remueve el crisol donde se forjan los caracteres. Porque ¿.-vio es ver­dad: que una persona es, tempera­mentalmente, según el lugar, el cli­ma y los alimentos? De todas for­mas -seguía divagando don Gonza­lo, no quiero decir que esta mesa pueda producir en mi ánimo los más mínimos efectos, Pero existe cierta señal de aceptación a un hecho que, analizado detenidamente, se vuelve chocante. Bueno, basta de tonterías y tomemos el café, que se está en­friando. Ahora, cuando termine haré la plaza, y... ¡ah!, no debe olvidárse­me la maceta de barro que me ha encargado Amparito.
Ya hecha la compra, don Gonza­lo se fue a su casa. Pero un poco antes de llegar, alguien se le acercó y comenzaron a hablar. Era un hombre joven, de complexión fuer­te y aspecto tosco.
La gente pasaba y saludaba res­petuosamente a don Gonzalo. Na­die se paraba, ni siquiera cuando el hombre tosco hablaba y gesticulaba acaloradamente. Quizás, viendo nuestro protagonista que su interlo­cutor se estaba enfureciendo cada vez más, se inclinó para poner en el suelo las dos bolsas que llevaba en las manos.
No pudo consumar la acción. El sol nuevo de la mañana, produjo reflejos de muerte en la diestra de aquel hombre de aspecto primitivo, y don Gonzalo sintió como sus en­trañas eran traspasadas por el frío acero de una navaja.
Ahora sí. Ahora todo el mundo intervino: los que tenían voluntad de ayudar, los curiosos y los ajenos a toda clase de sentimientos, pero les atraía el momento de presenciar la destrucción de un semejante.
Alguien gritó que hacía falta una

silla. Y una puerta, como si estuvie­se esperando el momento de su in­tervención, se abrió y por ella apa­reció la silla de enea, grande, des­vencijada y de brazos carcomidos, donde fue depositado el flaco cuer­po del herido.
Era como una procesión, donde se presentaba la repetición de la muerte de un dios inocente. Los cuatro fornidos mozos corrían por los esmerilados adoquines, llevan­do sobre sus hombros la silla que don Gonzalo ocupaba, sin ya saber­lo, rumbo a la Casa de Socorro.
Amparito reclamó el cadáver. No era su esposa legítima, pero era su mujer.
Se lo enviaron en la misma silla, con los mismos cuatro hombres y con toda la sangre que no había podido escaparse por el seco asien­to de enea.
En las declaraciones previas, el Magistrado preguntó al energúme­no por qué había matado a aquel hombre bueno y pacífico. Y este respondió:
"Yo le fui a pedir un consejo, como hombre que sabía mucho, y él me dijo que lo que le estaba contan­do no tenía importancia, que yo lo podía resolver dando "cornadas..." bueno, no me lo dijo así.
Me dijo que lo podía resolver "con nada". Pero yo sabía lo que me quería decir... él sabía mucho. Por eso lo maté.