El profeta




¿Fue en 1948? No. Creo que fue des­pués del cincuenta, cuando la simpática viejecita me contó aquella increible his­toria del hombre de las barbas blancas.
No sé porqué le presté tan poco aten­ción en aquel momento, quizás si me hubiese interesado más se podría haber evitado una gran desgracia (¿o quizás no?), ¡pero era tan inverosímil lo que me estaba contando, que apenas le eché cuental.
Ese día de finales de invierno, estu­vo mucho tiempo recorriendo todo el campo, tratando de recolectar algunos espárragos silvestres. Ya los primeros días de la primavera se sentían cerca y el sol comenzaba a producir suficiente ca­lor para sentirme sofocado y, también, muerto de sed. Por estos motivos, cuan­do me di cuenta, ya estaba llamando en la puerta de la pequeña casita donde, desde hacía más de ochenta años, vivía Adelita; así llamábamos todos a la sol­terona anciana.
Yo sabía que visitar a Adelita era te­ner que aguantar una historia, que por lo menos ocurrió ochenta años atrás, pero la sed, y el cansancio que sentía eran tan grandes que me expuse a que la noche me sorprendiera allí.
Después de escuchar a Adelita, du­rante más de dos horas, me dispuse a marcharme, cosa que estaba deseando y no porque ella no se mereciera mi aten­ción y todo mi respeto, simplemente era que me encontraba cansado y tenía ga­nas de llegar a mi casa para comer algoy tirarme un rato en la cama, pero mi vieja amiga, cuando ya me dirigía hacia la puerta, me dijo:
-    Quédate unos minutos más. Es que se me ha olvidado una cosa muy impor­tante y tengo mucho interés que tú lo sepas.
Contrariado por lo que otra vez se me venía encima, me volví a sentar, dispues­to a seguir escuchando a mi pesada anfitriona.
-  Escúchame atentamente. Hace unas semanas, estuvo aquí Domingo. Y, fíjate bien, lo que me dijo:
"Adelita, presiento que, no tardando mucho tiempo, va a ocurrir algo terri­ble. Todavía no sé lo que pasará, pero, como otras veces me ha ocurrido, lo sa­bré antes que pueda suceder. De lo que sí estoy seguro es que, como antes te he dicho, será una cosa muy mala".
Yo, de una manera casi distraida, le dije a mi amiga:
-  Según tú ya han transcurrido varias semanas y ni él te ha dicho nada ni nada ha ocurrido que se pueda considerar como terrible.
-  Sí, llevas razón.., pero a pesar de lo que ni dices, yo tengo mucho miedo a las predicciones de Domingo... casi nun­ca se equivoca.
-  Quédate tranquila, porque ésta será una de las veces que estará equivocado...
-  Ojalá lleves razón. Yo, por si acaso, le pongo la tranca a la puerta todas las noches.
-  Bueno, Adelita. No te preocupesmás con las cosas de Domingo y duer­me tranquila... tu amigo ya desvaría... está muy viejo.
- ¡No digas eso, yo soy más vieja que él!
-    ¡Por eso te preocupas! -le dije, con la mejor de mis sonrisas.Habían transcurrido diez o doce días desde mi larga conversación con mi an­ciana amiga, cuando el panadero me dejó una nota dentro de la bolsa: "Dice Adelita que quiere hablar contigo, lo antes posi­ble".
¡Dios mío, en qué hora fui a su casal Domingo, con sus largas barbas y sus ojos saltones tiene aterrorizada a la po­bre vieja, cuando tenga tiempo iré a ver­la.
Y transcurrieron las semanas, quizás los meses, hasta que una nublada tarde fui a su casa.
Llegué a la puerta y allí me recibie­ron tres mujeres enlutadas: la hija adoptiva, la nieta y la bisnieta de Adelita; ella había muerto hacía un mes.
Llevaré el reproche de mi concien­cia mientras viva. Mi negligencia en acu­dir a su llamada, ha marcado una pro­funda herida en mi corazón que nadie podrá curar.
Deshecho en disculpas, yen lágrimas también, traté de marcharme, pero Salvadora, su nieta, me dijo que tenía una carta para mí.
Se trataba de un sobre grande, lleno
de trozos de papel escritos con una rús­tica caligrafía muy difícil de descifrar; también me fue muy difícil clasificar los trozos de los escritos, porque no estaban numerados, pero lo conseguí a fuerza de paciencia e ingenio: era lo menos que podía hacer en su memoria para mitigar en algo mi gran falta.
Después de tener coordinado todo lo que escribió, el texto era el siguiente:
"Domingo ha estado aquí hace unos días. Vino a decirme que ya sabía lo que iba a ocurrir. Me ha dicho que una pie­dra, caída del cielo, dio en su misma puerta y en ella hay un mensaje. Según él, la misiva dice que este invierno ha­brá una gran epidemia que matará a muchísimos niños. Dice que invocó al Altísimo, habló con Él e hicieron un trato: su vida y la mía por la de los ni­ños... ¡pero qué trato ni qué ochocuartos...! ¡habrase visto... ! ¡ha­cer una cosa así sin hablar primero con­migo... ! Yo quiero mucho a los ni­ños.., pero tengo mucho miedo ¿tú crees que este loco y yo vamos a mo­rir? ¡por salvar a un solo niño soy ca­paz de dar mi vida.., pero tengo mu­chísimo miedo! ¿Tú sigue creyendo que Domingo desvaría.., que no está muy bueno de la cabeza...?
Confío en que tú lleves razón.., es la única esperanza que tengo... si no es así, que sea lo que Dios quiera... pero estoy muy asustada... tengo mu­cho miedo.
Sé que no habrás podido venir cuando te mandé la nota con el pana­dero; no te preocupes. Siento mucho no saber escribir mejor para que lo en­tiendas todo bien, pero yo sé que tú tienes mucho talento y lo arreglarás.
Bueno, ya no puedo decirte nada más, porque me duelen mucho los ojos.
Se despide de tí, tu buena amiga, que siempre lo fui de tu casa...". Adela.Inmediatamente después de poner en orden la carta, se la llevé a su fami­lia.
Cuando todos terminamos de ha­blar y lamentar la pérdida de la pobre Adelita, Lucrecia me dijo muy bajito, con su boca cerca de mi oído:
"Todo ha sido verdad. Domingo también murió el mismo día y a la mis­ma hora que mi madre".
Me quedé sin saber qué responder­le.
¿Cómo el hombre de las barbas po­día ser un verdadero profeta, que has­ta recibía mensajes del mismísimo Dios, igual que los profetas bíblicos? ¡Y por qué no! ¿Por qué estamos en la mitad del siglo veinte, y ya en esta fe­cha el Dios del Universo no actúa, ya no nombra profetas? ¿O, es simple­mente, que los elegidos, para serlo, tie­nen que emigrar a un lugar donde no sean tan conocidos, como, por ejem­plo, Domingo Carreras?.
Antes de irme de aquel entorno tan cargado de esoterismo, tan árido para mi pobre mente, le dije a Lucrecia:
- Domingo es un gran adivino.

- Domingo no adivinada nada; todo lo sabia porque Dios se lo decía. Los misioneros, cuando estuvieron aquí, dijeron que era un elegido.
Ya caminando hacia mi casa, sentí cierta satisfacción, al darme cuenta que por una vez había acertado apostando por los que siempre pierden, por los que siempre han perdido, por muy sa­bios o elegidos que sean.