La Riada

A medida que transcurren los años, parece que los comportamientos de la naturaleza son más pasivos y tolerantes con sus hijos. Es como si hubiese considerado que existe un deterioro en la fauna y la flora, y por lo tanto, cierta incapacidad para hacer frente a las exigencias que hasta hace poco los venía sometiendo.
Recuerdo aquellos largos inviernos que los vendavales no nos dejaban salir de casa durante días y días y que tenía amarrada en el Puerto, inactiva hasta meses, a toda la flota pesquera de la zona.
Aunque ésta demostración de poder y de fuerza incontrolada, era peligrosa y hasta dramática en algunos momentos, la recuerdo con nostalgia, ya que también nos ofrecía ciertas renovaciones en nuestras capacidades y considerables beneficios prácticos.
Cuando el Guadiana empezaba a teñir de color ocre, era señal de que las riberas y los barrancos, iniciaban sus vertidos en el cauce principal, y si el tiempo seguía apretando, pronto se presentará la riada.
El temporal se encontraba en su apogeo; los eucaliptus se doblaban por la acción del viento huracanado, y algunas chapas de latas de las cubiertas de los almacenes, salían volando. Por el gran terraplén de arena, cruzaban algunos hombres con haces de retama al hombro, encorvados, contra la lluvia y el viento, para encender una buena candela aquella noche. Los barcos habían sido reforzados a sus amarres y las puertas y ventanas protegidas con todo lo que había a mano.
Una pasión morbosa me embargaba aquella noche, sintiendo la gran fuerza de los elementos desencadenados por la Naturaleza. Sería hipócrita decir que no me encontraba a gusto bien instalado en mi cama, mientras escuchaba el gran concierto interpretado por la furia natural que existía fuera.
Fueron siete u ocho días con sus respectivas noches lo que duró el temporal. Después, y corno siempre, vino la calma, y las aguas mansas del río comenzaron a arrastrar las cañas, los troncos, los árboles enteros, las naranjas, cerdos, vacas y en fin, todo el muestrario de cosas y objetos del río arriba.
Tan cargada era la riada que, a los lancheros que realizaban el servicio de pasar a la gente de una a otra orilla del río, les costaba trabajo abrirse camino con sus botes, a través de aquella gran masa de variada materia.
Me gustaba muchísimo recorrer las orillas del río, pisando sobre la gran alfombra de cañas que las cubría. En estas correrlas, un día, me subí a Un haz de cañas y me fui montando en él a favor de corriente. Llevaba un buen rato disfrutando de mi improvisada embarcación cuando oí un tenue silbidito cerca de mí. Curiosamente empecé a examinar mi "navío" y la ví: se me heló la sangre en las venas; estaba con la cabeza un tanto erguida y mirándome con sus fijos y fríos ojos. No sabía lo que hacer; Id más positivo era tirarse al agua, pero con tanto barro y agua dulce que llevaba el río, y lo poco que yo sabía nadar, corría el riesgo de ahogarme. Entonces lo mejor sería dar voces y que alguien viniera y me sacara de allí, pero ¿y si a las voces la víbora se inquietara y me atacaba? Decidí quedarme quieto y esperar que la corriente aproxi-mara el haz a tierra y poder saltar sin peligro.
Cerré los ojos y me encomendé a todos los Santos. A los pocos minutos, que me parecieron siglos, sentí un brusco tirón, que casi me hace caerme fuera de la balsa, abrí los ojos y me encontré atracado en la orilla, con la ayuda de un buen amigo del Campo de Canela.
Viendo este amigo que yo no me movía de mi sitio, me gritó, diciéndome que saltara, y yo casi muerto por el miedo, le señalé con gestos de mi cabeza, la presencia de la víbora. Cuando mi amigo la localizó, la estuvo mirando un momento y extendiendo luego la mano la atrapó por la cabeza, como si tal cosa.
Mi amigo entendía muchísimo de culebras, y claro está, me dió una larga explicación sobre la diferencia que hay entre una víbora y una culebrita corriente y moliente. Lo cierto es, que a pesar de sus lecciones y por si acaso, nunca más me subí a ninguna improvisada balsa, y mucho menos, si ésta estaba compuesta por haces de cañas.

CARLOS MOSSE