La Ensenada de los Robalos



-¿Está tu padre?ºº

-No... Está"malo"; se ha quedado en
la cama.
-¡En la cama! ¿Que* le pasa...? ¿No fue
a pescar anoche?
•Sí... Pero no se lo que le pasó..: Creo
que tuvo una especie de rara visión, cuan-
do estaba pescando y llegó a casa un poco
descompuesto.
-¿Qué clase de visión?
-No sé muy bien... Parece que se le
presentó alguien, o algo, que luego desa-
pareció repentinamente... y se asustó mu-
cho.
No perdí ni un segundo más interro-
gando a Pepito. Eché a andar, más bien a
correr, hacia su casa, porque además del
gran cariño que siento por mii amigo Pepe,
lo que me había contado su hijo entraba
de lleno en esta línea de cortos relatos que
tengo comprometido con Gaceta.
Entré sin llamar y encontré a mi ami-
go encamado y a su esposa extremada-
mente preocupada.
¡¡Qué pasa aquí... Donde están los
fantastamas...!!
Con mi exagerada exclamación, sola-
mente pretendía dar un tono alegre a la
situación pero mi fracaso fue total: Ber-
nardina se asustó y nuestro protagonista
se escondió, mucho más, entre las sába-
nas.
Pasados ya los efectos de mi desafor-
tunada actuación, conseguí que mi amigo
empezara a hablar. Y esto fue lo que me
dijo, interrumpido algunas veces por su
amable mujer, que le recomendaba no ex-
citarse.
"Fui al sitio donde tantas veces hemos
pescado juntos. Llegué cuando la luna en
su cuarto creciente, se iba poniendo, al
poco rato de estar allí se hizo totalmente
oscuro y me sentí inquieto. Era la primera
vez que me encontraba sólo en medio de
la noche completamente dejado de cual-
quier clase de ayuda que pudiera necesi-
tar. , ^ •
la marea subía de prisa, como si
también sintiera la necesidad de acabar
cuanto antes su inexorable cometido para
marcharse del lugar. También yo sentí el
deseo de abandonar aquella ensenada tan
oscura. Pero la fortuna me favoreció con
una picada, larga y profunda, que dejó la
caña hecha un completo arco.
Saqué un róbalo de más de dos kilos.
cambió por completo: ya no me parecía la
ensenada tan oscura y la noche se me
antojó totalmente luminosa.
No sé cuanto tiempo pasó sin sentir
ninguna otra señal anunciándome la
continuidad de la pesca, solamente re-
cuerdo que la mansa marejadilla se metió
dentro de mis zapatos y entonces me di
cuenta que la pleamar estaba a punto de
producirse.
De pronto, algo insólito ocurrió que
dejó mi corazón casi parado: mismo fren-
te a mí, y a una distancia de unos veinte
metros, mar adentro, comenzó a formar-
se una montaña líquida, que subía deprisa
más y más, mientras que al mismo tiempo
se oía ese fuerte ruido que produce el agua
cuando cae en forma de cascada resbalan-
do a través de un cuerpo sólido.
Mi instinto, ya casi muerto a conse-
cuencia del miedo estaba sintiendo, me
decía que algo monstruoso y horrible se
dejaría ver cuando el agua terminara de
caer sobre la tranquila superficie de la
ensenada. Y decidí aprovechar la poca
energía que todavía me quedaba para
echar acorrer, no sin antes atrapar la caña,
que en mi huida llevé arrastrando sin
siquiera recoger el sedal en el carrete.
Corría presa del pánico, durante va-
rios minutos. De pronto, mi alocada ca-
rrera se vio frenada por algo que por
detrás me había detenido bruscamente...
Dios mió... mis hijos... mi mujer....!!
¡ Mi desesperada invocación produjo
el milagro! Nadie me había detenido. El
aparejo y la plomada que llevaba arras-
trando se había enganchado en una rama...
¿Qué quieres que te diga...? Solamente
puedo decir que cuando lleno de miedo
todavía, miré hacia atras, no vi nada
como no fuera la completa serenidad de
toda la ensenada que no presentaba la
menor señal de que algo anormal pudiera
haber ocurrido.
Y eso fue todo. Puedes pensar lo que
quieras, pero yo te puedo asegurar, que st
me hubiese quedado para avenguar que
era lo que salía del agua, en estos mome»-
tos no estaría hablando contigo... ¿Tu que
dices?"
No quise decirle que estaba equivoca-
do. No quise decirle que, si se hubiese
quedado, habría presenciado algo gran-
dioso, impresionante, realmente increí-
ble, único, pero nunca peligroso para su
seguridad, como él pensaba. Tampoco
quiero decírselo a nadie, porque no po-
drían creerme, y también porque nunca es
aconsejable divulgar algo tan insolito que
pueda despertar el interés de algún perse-
guidor de cosas extrañas con el solo afán
de destruirlas.
Todos debemos comprender la gran
impresión que sufrió mi amigo Pepe.Yo
también la sufrí cuando por primera vez
me encontré ante lo que pudiéramos lla-
mar "el gran fenómeno'*. Pero fuese por-
que la intensidad de mi miedo me dejó
totalmente paralizado y no tuve acción
para correr, o porque mi curiosidad supe-
ró a todas las llamadas al pánico, lo cieno
es que lo vi. y lo he vuelto a ver en dos
ocasiones más. durante todas esas noches
solitarias de un par de docenas de años
que llevo vagando por ese entrañable y
misterioso lugar.
Carlos Mosse