El juego es, para un ser humano, la base fundamental de su existencia. Con más o menos intensidad, todas las personas, desde los comienzos de nuestro mundo, , hemos estado, y estamos sujetos a la incesante corriente lúdica. No hace falta ponerle nombre a los juegos -algunos ya lo tienen-, porque, desde el más importante al más inocente, la gran jugada es la vida misma.
Hace más de medio siglo, cuatro hombres se reunieron en el "reservado" de un céntrico bar- café. Aunque la intención era jugar una partida de cartas, primero tomaron sus cafés, las copas y fumaron sus cigarros. Después hablaron de los negocios. Más tarde llegó la estuchada baraja, servida en una brillante bandeja de alpaca.
Los cuatro hombres, por su situación económica, pertenecían a ese grupo que antes llamaban "fuerzas vivas", ahora no sé como lo llamarán, creo que de ninguna manera, porque, según dicen, ya no hace falta.
El juego a practicar sería el póker, aplicándose las reglas clásicas del más puro estilo inglés.
No vamos a seguir minuciosamente las incidencias de la partida. Solamente estaremos atentos a una de las últimas jugadas que, por ser la base de este relato, es la que más nos interesa. Se desarrolló así:
El señor A, abrió la jugada (no mencionaremos cantidades de dinero por ser un detalle sin importancia). Aceptaron los tres jugadores restantes: el señor B,
y el D. Cada uno pidió el envite por riguroso orden de turno.
El señor A, incrementó su apertura con el triple. El señor 13, pasó, renunciando a la jugada. El señor C, aceptó y el señor D, también pasó, quedando fuera de juego, igual que su compañero B. Puesto todo así, la jugada quedaba en manos de los señores A y C.
Los envites fueron sucediéndose entre los dos hombres, hasta que las cantidades puestas en juegos fueron más que considerables. En un momento en que lo jugado ascendía a una gran fortuna, el señor A, pidió que el juego quedase parado, por un momento, .para hacer una aclaración. Hecho lo cual, se dirigió a su contrincante diciéndole así:
-Tengo una gran jugada y me gustaría arriesgar más dinero... Pero todo lo que tengo lo he puesto en la mesa. Como no interviene nadie más que tú y yo, me gustaría que aceptaras una cosa que podríamos valorarla en una cantidad que cubra otro tanto de lo ya jugado....
¿Qué me dices, aceptas?
El señor C, sin levantar la vista del tapete, respondió.
-Acepto las condiciones... ¿Pero de qué cosa se trata?
-De la vida de tu hijo.
-¡ ¡De qué estás hablando!!
-Ya lo has oído. De la vida de tu hijo. Si tú me ganas, yo me comprometo, aquí, ante testigos, a salvar a tu hijo de todas las acusaciones que le harán dentro de muy pocas semanas...
-Pero, hombre de Dios, que estás diciendo; de qué van a acusar a mi hijo
-De muchas cosas: liberal, masón, detractor de nuestra religión, etc. Por si no lo sabes, antes que termine el verano, habrá un golpe de estado. Y todos los que son como tu hijo, lo van a pasar muy mal... Creeme, lo que te estoy diciendo es un hecho... ¿Qué dices, aceptas o no?
-No puedo creer lo que estás ,diciendo... Pero...en fin, por si acaso, acepto.
Antes que continuara el juego, los señores B y D, se marcharon.
El señor C, ganó la jugada.En cierto pueblecito de Extremadura, vive un hombre que actualmente cuenta unos ochenta años y que periódicamente (todos los veranos), nos visita. Antes de marcharse, siempre deposita en la tumba de su padre una oración y los cuatro ases de una baraja nueva.