El Inspector


No se sabe, exactamente, cuando nacieron las Compañías de Seguros. Pero sí se sabe que, algunos siglos antes de Jesucristo, ya se aseguraban bienes y vidas por parte de agentes sin representación de entidades legalmente reconocidas. Por ejemplo, en las continuadas guerras que mantuvieron atenienses y persas, los soldados griegos autorizaban a esos agentes a cobrar sus sueldos con las siguientes condiciones: mientras que durase la guerra, el asegurador cobraría todos los estipendio a que tenía derecho el combatiente, sin derecho éste a reembolso alguno al final de la contienda. Pero en caso de fallecimiento del asegurado, en cualquier clase de batalla, mandada por el ejército, el asegurador pagaría la cantidad convenida a sus herederos más allegados: viuda, hijos, padres, etc. No existía la póliza con su articulado ni la célebre letra pequeña, solamente un papel con la cantidad asegurada en caso de muerte y el justificante de que el pacto se encontraba establecido, era el cobro que el asegurador efectuaba al Estado de la paga del individuo.



El vocablo inspector, es un adjeti­vo que determina que es el que por ofi­cio vigila y examina una cosa. Yo, el que hace y firma este relato, fui, du­rante treinta y nueve años inspector de una gran compañía de seguros. Muchas son las anécdotas que podría contar ocurridas en todo ese extenso tiempo de vigilancia y exámenes, pero selec­ciono la que más encaja en esta línea de Relatos Breves que Gaceta de Ayamonte está publicando desde hace bastante tiempo y que es ésta:
Fue la madrugada más lluviosa de aquel mes de diciembre, desde hacía ya muchos años, cuando el teléfono sonó estridentemente, por encima del fragor que la lluvia y el viento produ­cía al estrellarse contra los cristales de la ventana de mi habitación. Mi mano buscó en la oscuridad el auricular y cuando lo tuve, después de tirar al sue­lo unos cuantos cacharros que se en-

contraban encima de la mesita de no­che, reconocí la voz de mi ayudante en los malos momentos de atender un si­niestro del ramo de defunción.
- ¿...Y en qué lugar se encuentra el
fallecido?
- Pues... no lo sé. Porque los datos que me han dado por teléfono, no son muy claros, pero parece ser que es en una finca que se encuentra por el carril que va a "Los Borrachos" en una des­viación a la derecha, antes de Helar a "La Puente".
- ¿Tú sabes que día es hoy?
-    ¿Qué día...? Pues, no sé que quie­res decirme, no entiendo a qué viene eso...
-    Hoy es día 28 de Diciembre.
-    ¡Y qué... !
- ¡Que puede ser una inocentada, puñeta!
-
-    ¿Estás ahí? ¡Oye, Rafael! ¿Estás ahí?.
-    Sí, sí, estoy escuchando... La ver­dad... bueno, yo no había caído en eso...
-    Escúchame atentamente. Se trate de un servicio real o de una broma, antes de una hora, te volverán a llamar y, cuando esto ocurra, dile que tiene que darte la situación exacta de la casa, el número de teléfono de donde llama, como se llama el muerto y el número de asegurado. Sin dejarte decir una palabra más, comenzará a despotricar de la Compañía y de sus empleados, tú deja que se desahogue, y, cuando deje de gritar, le haces ver que en una no­che como ésta, tenemos que tomar toda clase de precauciones. También pue­des darle mi número de teléfono, por si quiere hablar conmigo, y, llámame rápidamente, con lo que sea.
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- Sí, ¿qué tal, Rafael?
- Tenías razón. Ha vuelto a llamar y todo se ha desarrollado como tú dijis­te: Se ha puesto como una fiera, y lue­go, cuando se calmó, me ha dicho que él está utilizando el teléfono de una fin­ca colindante, de la cual él tiene la lla­ve, pero no puede darme el número porque no lo tiene señalado y él no lo sabe de memoria. Que él está hacien­do un favor a la familia del difunto, pero no está dispuesto a mojarse más yendo y viniendo de una finca a la otra. Y so­bre el número del asegurado, dice que la viuda y su hija han puesto la casa boca abajo y no han encontrado la póliza ni recibos. Han dicho que ya no llama más. Cuando le he dado tu número de teléfono me ha man­dado a hacer puñetas.
Esto es lo que hay ¿qué hace­mos? ¡Ah, se me olvidaba el tío dice que no sabe leer, por lo que le está costando más trabajo hacer estas gestiones.
-   Creo que falta algo: ¿no te ha dicho el nombre del fallecido?
-   Yo... bueno, con tanto lío, se me ha olvidado.
-   ¡Joder, Rafael, es lo primero que le debías de haber preguntado!. Bueno que le vamos a hacer.
Ahora son las tres de la mañana. Esperaremos a que sea de día y nos iremos por ese dichoso carril, que estará de gusto; haber si tenemos suerte. Si vuelve a llamar, le dices que iremos cuando empiece a ama­necer.
-   ¡Está bien! ¡Miedo tengo yo que se haga de día!
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Puse el despertador a las siete, todavía tenía cuatro horas para po­der descansar algo y cuando me es­taba ya acomodando en mi tierno colchón, volvió, una vez más, el estridente ruido de ese infernal ar­tefacto llamado teléfono. Pensé no descolgarlo. Porque estaba seguro que sería el emisario de la familia del presunto difunto, pero pensé que la noche ya estaba hecha, por lo tan­to, que más daba terminarla agarra­do al aparato.
-  Qué pasa -dije con desgana‑
-   ¿Qué pasa? ¡Eso digo yo, se­ñor Mosse! ¿Qué pasa con un ser­vicio que se debería de haber he­cho hace dos horas y aún está pen­diente?
Era el Subdirector de la Cía en Huelva; mi jefe.
-   No pasa nada, jefe. Es un aviso de la periferia, en pleno campo, no dan ninguna clase de datos y está lloviendo a cántaros. Lo he dejado para cuando sea de día. Nada más, eso es lo que pasa.
-   Pues, según dice el que ha lla­mado ya ha dado tantos datos que está harto. Nos amenaza con llamar a la policía.
-   Eso es lo que tiene que hacer, llamar a la policía o a alguien que nos pueda ayudar a localizar el lu­gar a donde tenemos que ir, sin que suponga riesgo alguno para todos nosotros. ¡Yo no pienso mover un dedo hasta que no amanezca!
-   ¿Vamos a correr ese riesgo?
-   Sí, señor. Y, desde luego, no se trata de correr un riesgo, se trata de ser consciente y sensato.
-   ¿Entonces puedo dormir tran­quilo? ¿No tendremos problemas?
-   Sí, puede usted dormir tranqui­lo, el problema si es que lo hubie­se, el que tendría que asumirlo se­ría yo.
-   Bueno, en ese caso no me lla­me usted, voy a descolgar el teléfo­no, infórmeme mañana.
Después de hablar con el jefe, marqué el número de mi ayudante y le dije que no me llamara porque iba a dejar descolgado el teléfono, le aconsejé que hiciera él lo mis­mo.
-   ¡Pero le hemos dicho que iría­mos cuando fuese de día!
-   No, Rafael, creo que ya no ten­dremos que preocuparnos más de este presunto cadáver, a descansar, que nos lo merecemos.
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DIA SIGUIENTE:
29 DE DICIEMBRE
-   ¡Hemos jodido al bromista, no se salió con la suya! ¡Pero cómo te pudiste pasar ese toro por la faja! ¿Has corrido un gran riesgo?
-   Rafael, yo no uso faja ni exis­tió nunca ningún toro. Solamente existió ese mal nacido bromista que gastó dinero y trabajo pero que no pudo conseguir su propósito de ri­diculizarnos. A estas horas andará por ahí babeando su frustración y su fracaso.
-   ¿Pero cómo te pudiste dar cuen­ta del engaño, o es que eres brujo?
-   Deducción, amigo Rafael, de­ducción. A parte de que era el día de los enfermos de las bromas, sur­gieron pistas muy claras de que todo era mentira: ¿por qué no me llamó cuando le diste mi número? ¿Si no sabía leer como pudo encontrar el número de Urgencias de Huelva? ¿Por qué llamó a Huelva y no a mí? ¿Por qué nuestro jefe no me dio los datos que nosotros necesitábamos? ¿Por qué, viendo que no podía co­municar contigo, ni conmigo, ni con Huelva, no decidió venir personal­mente a buscarnos? Y ésta última es definitiva: ¿Por qué, viendo que nosotros queríamos, por lo menos, las mínimas garantías para atender el servicio, no llevó al teléfono, des­de donde él llamaba, a la mujer o a la hija del muerto para convencer­nos de que debíamos ir?-
-   ¡Qué barbaridad, realmente eres sabio!
-   Rafael, no se te olvide la céle­bre frase del filósofo: "Sólo se que no sé nada".
·  
Dejé a mi ayudante con su per­plejidad y me dirigí hacia mi casa.
Pasando frente al Palacio de Jus­ticia, me dí de cara con un colega de la competencia que, muy de pri­sa, se disponía a entrar en su coche, con las manos llenas de papeles.
-   ¿Qué pasa? ¿Quién ha muer­to?
-   ¡No me entretengas... llevo una madrugada y una mañana de lo­cos...! ¡A propósito! ¿A tí no te han llamado esta madrugada?.
-   Bueno... sí... pero era un bro­mista que quería hacerme llevar un servicio al campo...
-   ¡Un bromista! Pues era el mis­mo, pero de bromas nada, simple­mente se equivocó de compañía, y ahora me veo agobiado porque se me va el tiempo...
Desde entonces, Sócrates, para mí, ha sido el hombre más sabio de la humanidad.