Camilo

Camilo apareció por Isla Ca­nela, allá por los años treinta. Al­to, delgado y desgarbado, más que andar, parecía como si trota­ra. Cuando hablaba, su mirada se perdía en la lejanía como bus­cando algo que se moviese. Su hablar era jugoso y de tono grave pronunciando la jota fuertemen­te, como lo hacen en el levante español. Jovial y de extraordina­rios buenos modales que le ha­cían respetuoso hasta con las gen­tes de corta edad.
En los años cuarenta, la voz de Camilo, era conocida en todas las terrazas de los cafés de Ayamonte, con su pregón de: ¡Hay bocas!
En su plana canastilla de caña mostraba la mercancía que iba ofreciendo a los señores que to­maban el aperitivo. Algunos de estos, le preguntaban algo rela­cionado con las sabrosas bocas, y Camilo, con aquella manera tan característica de hablar, les daba toda clase de explicaciones, en detrimento de su negocio.
Era para mí Camilo, un hom­bre enigmático. En mi imagina­ción de adolescente, lo encuadra­ba entre los protagonistas de al­guna novela de aventuras, muy lejos del marco de Isla Canela, en mares o tierras desconocidas.
Cuando se le preguntaba que de donde había venido y que hacía antes, siempre contestaba con la misma historia: Había estado siempre embarcado en grandes mercantes y en uno de sus viajes, conoció a su mujer. Se casaron y ya no se embarcó más.
Cuando regresaba Camiló con su cosecha de bocas, capturadas en el Caño de la Chaveta, entre Isabel, que así se llamaba la mu­jer y él, las preparaban para ser vendidas en las mesas de los bares a la caída de la tarde. Después de darle de comer y agua a un par de cabras, que les suministraban la leche del año, se ponían a char­lar sentados a la puerta, como dos novios. Hablaban en tono moderado hasta el anochecer; una vez la luz se había ido, Cami­lo subía el tono de su voz y la conversación era escuchada por todo el que quería. Esto me tuvo intrigado cierto tiempo, hasta que descubrí que ello era debido a que Isabel era sorda, durante el día comprendía lo que le decían por el movimiento de los labios, pero una vez llegada la noche, con la luz del carburo, le era im­posible distinguir los movimien­tos.
Un día que coincidimos por el muro, se me ocurrió preguntarle el por qué había abandonado la mar y había escogido aquella cla­se de vida tan poco prometedora.
Se paró, y como hacía siem­pre, miró lejos, después siguió an­dando y explicó: En una de mis arribadas a cierto puerto de la Pe­nínsula, conocí a Isabel, vi que ella era la mujer que deseaba para ser mi compañera y sin mucho más, le manifesté mi idea de ca­sarnos. Pronto estábamos casados no sin antes haberme hecho prometer que jamás volvería a embarcarme y que nunca la deja­ría sola.
En aquel momento, no le agradecí a Camilo que me hubie­se revelado el porqué de su divor­cio con la Mar. Eran tan sencillo, tan simple que echaba por tierra todos mis pensamientos que le encumbraban como protagonista de historias mucho más misterio­sas.
Seguía Camilo atrapando bo­cas en el lodo del río y una vez bien lavadas y cocidas, las llevaba a Ayamonte. Muy aseado, con la ropa perfectamente repasada por Isabel, para que su actividad pa­reciera todavía más digna.
Fue una tarde, cuando el lan­chero que pasaba a la gente del otro lado del estero, dijo que Ca­milo, hacía unos días que no iba a Ayamonte.
Cuando fuí a verlo, se encon­traba sentado cerca de la cama y acariciando la cabeza de Isabel.
En menos de una semana, Ca­milo se quedó solo. Gracias a la sordera, ella había dejado de existir, sin escuchar día y noche el llanto de su compañero.
Continuo atrapando bocas en la Chaveta, pero no venía con su cosecha tan diligente y deprisa como antes, para llegar temprano a casa. Vendió las cabras. Las bo­cas ya no venían tan limpias co­mo antes. Su porte, no era el mis­mo. Ya la ropa no estaba perfec­tamente repasada, ya no salía de su boca el pregón. Parecía como si pensara que estando de luto el ¡Hay bocas! era una irreverencia. Ya no daba explicaciones a los clientes del por qué las bocas co­gidas del día eran mejores que las cogidas de noche.
Los clientes y él mismo, per­dieron interés por su mercancía. Regresaba a su casucha con mu­chas bocas por vender.
Siempre digno, fue reducien­do su negocio hasta dejar al mí­nimo el consumo que pudiera permitirle seguir viviendo, la lla­ma del carburo que lo alumbraba ya apenas se distinguía a través de la puerta.
Fué así, como una mañana, la puerta de la casa que había sido testigo de la vida de aquellos dos seres solitarios, que compartieron su vivir con todos nosotros, no se abrió.
Para CAMILO quedó cerrada mucho antes de que amaneciera.