En mil novecientos cuarenta y nueve conocí a mi amigo Laureano, uno de mis mejores amigos. El, me enseñó la ortografía que conozco, a soñar con los clásicos y a estar en tertulia, como si fuera realidad, con los más famosos personajes de ficción de la literatura universal.
Su hipérbole es comparable nada más que a la más exquisita manera de fabricar fantasías vivificadoras que, altruístarnente, siempre inyectó en los espíritus más pobres y deprimidos.
El, vivía en "Las Colonias" y yo en Canela; su casa era la mía e igualmente mi casa era la suya. Nuestras charlas y nuestras aventuras se hicieron célebres en nuestro círculo de amigos y conocidos. Su gran pasión era el boxeo y la mía, la cacería. Por eso, en una de sus visitas a Canela, nos fuimos a cazar codornices.
Llegamos al sitio en donde ésta clase de aves se daban más y comenzamos a batir la maleza para sacarlas de sus escondites.
No había transcurrido muchos minutos, cuando el aire se vió surcado por el rapidísimo vuelo del primer pájaro. Tan rápida fue la salida de la codorniz, que mi amigo, ni siquiera se dió cuenta: sólo escuchó el disparo y vió como un montón de plumas caía fulminando al suelo.
Una vez cobrada la pieza, que había caído a unos cincuenta metros, se vino hacia mi, siempre mirándome con una expresión de asombro y dándome un fuerte abrazo , me dijo:
- Bufalo Bill, al lado tuyo, fue un pobre hombre .
La verdad es que me llenó de satisfacción el que mi amigo aplaudiera de aquella manera mi certero disparo, pero me vestí de falsa modestia diciéndole que aquello era facilísimo y no tenía nada de particular.
Regresamos contentos a casa, por las piezas cobradas y acordamos celebrarlo en Ayamonte, tomando unas copas.
Después de recorrer algunos bares, se nos hizo tarde y decidimos tomarnos la penúltima copa en un establecimiento que por aquellos tiempos regentaba el amigo Bartolo. Estábamos consumiendo lo primero que nos habían servido, cuando se nos acercaron un par de desconocidos que nos invitaron a jugarnos las copas al "inocente" juego de la porra.
El juego consiste, como casi todo el mundo sabe, en hacer una relación de números, del uno al veinte, y por un proceso de aliminación, que se efectúa borrando cada jugador un número, menos el que tiene apuntado cada uno de ellos en la palma de la mano o en cualquier otro sitio, llegando así a conocerse al desafortunado perdedor.
Una ronda, otra ronda y muchas más. La suerte de nuestros desconocidos compañeros parecía no tener fin, Laureano y yo, siempre perdíamos. Se nos terminó el dinero y decidimos irnos, pero antes lo hicieron nuestros acompañantes, cuando vieron que la vaca no daba ya más leche.
Se fueron nuestros dos ordeñadores y nos quedamos solos y sin blanca. El dueño del establecimiento, nuestro amigo Bartola, nos dijo:
"Pero hombre, parece mentira que seais tan ingenuos, aunque hubiérais estado toda la vida jugando con esos dos, nunca ganaríais ni una sola vez. ¿No os habeis dado cuenta que cada uno de ellos se apuntaba cuatro números? Uno en cada mano y otro en cada suela de los zapatos.
La cara de resignada conformidad que presentaba mi amigo Laureano, por nuestra mala suerte, se transformó automáticamente al escuchar las palabras de Bartolo. La ira se hizo patente en su semblante y el más resentido y diabólico plan para castigar a los fulleros, salió de su fecundo cerebro.
Nos llevamos toda la noche buscando a los dos individuos. Recorrimos las calles húmedas y solitarias de todo el pueblo, sin resultado alguno; a los hombres que buscábamos se los había tragado la tierra.
A las ocho de la mañana, en la escalerilla de la Ribera, a punto de embarcarme en la patera de Paco, para irme a mi casa, mi amigo, se lamentaba del trabajo infructuoso que habíamos realizado. Yo le dije:
-Estoy contento con el resultado de la búsqueda. Peor hubiera sido haberlos encontrado y que no se conformaran con las copas que les pagamos arreándonos encima una paliza.No le gustó mi salida. Intentó decirme algo, lo pensó mejor y se marchó meditabundo en dirección al Banderin.
Por la tarde, ése mismo día, recibí un paquete que contenía unos guantes de boxeo y una nota que decía: "Si tienes miedo, aprende a boxear o cómprate un perro".
Carlos Mosse