Los Patrones

La hora del recreo en la vieja Es­cuela de la Ermita, era para todos nosotros el momento de dirimir las diferencias de la tarde anterior. También en el corto espacio de tiempo que éste duraba, se desarro­llaban conflictos que quedaban re­sueltos sobre la marcha como aquel que se originó en un lejano día del mes de junio de 1.943.

Nos asomamos al gran cabezo de arena y divisamos en el horizonte las lejanas estelas de humo que sa­lían de las chimeneas de los barcos que a toda máquina enfilaban la en­trada de la barra.
No se" como era posible, pero lo cierto es que solamente por el hu­mo conocíamos de qué barco se tra­taba. Uno de nosotros, no se quién, empezó la copla:
El "Catalina"
moján de gallina
pata de gallo,
arre caballo.
Todos sabíamos lo que pasaría unos segundos después. Maxi se pu­so de pie y arremetió contra el can­tante y después contra todo el que se le puso delante. El consideraba que nadie podía mofarse del "Ca­talina", y sus razones eran muy poderosas, primero porque era un barco muy pescador y segundo y más importante, que el PATRON. Señor "Antonio Mediosaco", era su padre.
Si señor, el Patrón, con letras mayúsculas.  Antonio Gutierrez, alias señor Antonio Mediosaco, como todos lo conociarnos y res­petabarnos.
Pertenecía al grupo que pudiéra­mos llamar "los últimos Patrones aristócratas", junto con José Mar­tín Casanova (señor Pepe el Sordo), Francisco Biedma (señor Paco An­tonito) y algo más jóvenes Diego Fragoso (Diego Cañita) y Manuel Martha Gómez (Manolito el Sordo).
Muy poco después, surgió una generación de jóvenes Patrones, que se hicieron acreedores al aplauso y al respeto de todos los habitantes de la Isla. No detallo sus nombres porque la listaseríaa muy extensa para este corto espacio que tan gen­tilmente nos concede esta Revista,pero sí puedo asegurar que todos ellos fueron Patrones en toda la ex­tensión de la palabra.
El Patrón, gobernaba un barco de unos dieciseis metros de eslora, con máquina de vapor de unos cien H.P., la tripulación o compaña, la componían unos sesenta hombres, incluidos los que trabajaban en tie­rra reparando los desperfectos que el arte sufría diariamente en la mar. Este arte de gigantescas proporcio­nes compuesto por sus cuarenta cuarteladas de pesada red de algo­dón, su retenida o cabo de cierre de siete pulgadas, con toneladas de plomo, corchos y cuerdas, era izada a bordo a pulso, algunas veces hasta con cincuenta toneladas de pescado capturado, habiendo no­ches que la faena se repetía dos o tres veces.
Esta tripulación estaba dividida en dos grupos: Gente de popa y gente de proa, perfectamente agru­pados y dirigidos por el Patrón, que no solamente limitaba sus atribu­ciones a la buena disciplina de la tripulación, sino que ésta autoridad la extendía a los familiares de la Compaña, evitando las riñas y roces que eran naturales en una gran con­centración de personas que convi­vían en defectuosas condiciones de habitabilidad.
El Patrón contaba con un equi­po de colaboradores, marineros técnicos como él mismo lo era, que componían el grupo de popa: pa­trón de bote, pedrero, armador de mar y patrón de costa.
De estos colaboradores, para mí, el más importante era el pedrero. Este hombre de memoria prodigiosa y dotado de ese peculiar carisma marinero, siempre creó en mí una gran admiración y opino que mere­ce una mención aparte.
Si la Dirección de esta Revista me lo permite, próximamente nos ocuparemos de él, y como represen­tación de estos hombres admirables, hablaré de mi apreciado y buen amigo, ya desaparecido, Juan Gon­zález (Juan la Galera).
El patrón de bote, se llamaba así porque una vez hecho el cerco com­pleto y todo el arte se encontraba en el agua, éste hombre, se dirigía abordo de un bote grande y pesado hasta el extremo opuesto de la cir­cunferencia que formaba la red y desde allí, observaba la evolución que producía la sardina en las arru­gas de los corchos, llamado codillos, para de esta manera calcular antici­padamente la pesca que había den­tro del arte. Desde su puesto y a grandes voces se lo iba participan­do al Patrón.
El radar, no se empezó a utili­zar hasta algunos años más tarde, así es que una de las misiones tam­bién del patrón de bote, era ser hombre radar cuya función desem­peñaba de la siguiente manera:
En la proa de los galeones, nom­bre que se le daba a los barcos dedi­cados a la pesca de la sardina con artes de cerco, siendo su verdadera denominación tarrafas, como iba di­ciendo, en la proa de los galeones, cerca de la roda y encima de la tapa de regala, se encontraba acoplado un fuerte taco de madera dura. Una vez se habia hecho completamente de noche, el proel enarbolaba un gran mazo de madera y lo dejaba caer con todas sus fuerzas sobre el taco, el barco se estremecía de proa a popa y si en ese instante había una mancha de sardinas bajo la qui­lla del barco, éstas se asustaban y producían una estampida, entonces el agua ardía en proporción a la ma­sa de sardinas que huían, el patrón de bote que se encontraba tirado de bruces con casi medio cuerpo fuera de la borda, tenía que calcular en fracciones de segundos la pesca que se podía obtener a cada mazazo. Es­te cálculo se lo iba dando a viva voz al Patrón que se encontraba en el puente dispuesto para en cualquier momento coger el timón y hacer la calada. Cuando el Patrón, creía que había llegado el momento de calar, porque así lo aconsejaba la informa­ción recibida y por sus propios cál­culos, miraba al pedrero y le pre­guntaba. . . Bueno lo que le pregun­taba el Patrón al pedrero, será me­jor incluirlo en un nuevo trabajo, ya que pertenece, como he quedado, al recuerdo de este personaje impor­tantísimo en las faenas de lo que fue una de las más florecientes in­dustrias de todo el litoral onubense