El Medico

El calor era sofocante aquel día de mediados de Julio. Creo que así eran todos los días del Verano. A las tres de la tarde, la mayoría de las mujeres se sentaban en sus sillas bajas de enea en la franja de sombra que proyectaba la pared opuesta de los estrechos callejones. Los hombres dormían dentro de las pequeñas viviendas, reparando fuerzas para la nueva jornada de pesca. Las palmadas del armador anunciaban a los rederos que había que empezar la segunda tanda del día de trabajo.
Mi casa estaba a unos veinte metros de la pleamar del río. Sentado en el escalón de la puerta, yo miraba el sinuoso muro que atravesaba el páramo del Salón. Sabía que todavía era temprano. Casi nunca fallaba; cuando eran las cuatro y media lo divisaba por la mitad del camino. Entre llegar al embarcadero y atravesar el río en la lancha, siempre llegaba a las cinco al botiquín.
El lanchero dormía <aprovechando la pequeña sombra que proyectaba la esquina del callejón frente al primitivo muelle de madera. Dormía tranquilo sabiendo que a aquella hora no le llamaría nadie para pasar el río; solamente una persona vendría desafiando el insoportable calor como todos los días, año tras año. Pero cuando aquella persona llegara, él no tendría que molestarse en desamarrar la lancha, cualquier vecino, hombre o mujer, que le viera esperando, lo pasaría y se sentiría honradisimo de prestarle aquel servicio.
Una de las veces le distinguí a través de la cortina de caliche que formaba la pesada atmósfera. Era inconfundible su silueta en la lejanía. Pantalones negros, chaqueta de hilo crudo o blanco y su sombrero de palma fina o de fieltro. Cuando llegó al muelle, yo ya le estaba esperando con la patera bien atracada para que pudiera embarcar:
-Buenas tardes.
-Hola amigo; te vas a tener que quedar con el traspaso del muelle
-Usted sabe que lo hago con mucho gusto.
-Ya lo sé, ya lo sé.
Cuando llegamos al otro lado del río, había varias mujeres con sus hijos de la mano esperando para la consulta.
Me encantaba esperar que terminara la consulta en el botiquín, porque para mí era una gran satisfacción y me llenaba de orgullo, acompañarlo en las visitas que hacía a los enfermos que no podían acudir al Centro.
Siempre pedía permiso para pasar al interior de las casas y cuando se marchaba no fallaba el consabido "usted lo pase bien". Tras él, dejaba siempre una estela de conformidad y esperanza, tanto en los enfermos como en sus familiares. Decía: "no me armes follones", pero él mismo los organizaba para ayudar a la gente ¡Qué gran persona este hombre!
Recorría todas las casas en donde habla un enfermo. El sol que caía a plomo y los zapatos llenos de arena, no le impedían realizar su trabajo a conciencia. Se quejaba algunas veces de lo ingrato que era su trabajo en la Isla, pero yo sabía que en el fondo la gustaba aquel sacrificio que hacía posible que su ciencia se convirtiera en un postulado realmen .
Había terminado todo el recorrido. De nuevo nos encontrábamos en el viejo embarcadero, y como siempre le esperaban algunas personas que se les había pasado la hora de la consulta.
Algunas veces se ponía de mal talante, pero siempre era de entrada, al final, atendía caballerosamente a todos y nadie se quedaba sin lo que le hacía falta.
Este relato de mis recuerdos hacia un caballero de primerísima fila y hacia un Médico de una talla insuperable, es el pequeño homenaje que queremos rendir todos los canaleros a la memoria de Don Jesús Rasco Garnero, que en paz descanse,
Carlos Mosse