Los Pedreros
Don José Tejero, ilustre abogado y también fomentador de la Industria de Pesca onubense, era, según "vox populi" un incondicional monárquico y amigo de Don Alfonso XIII. Se cuentan muchas anécdotas de este señor, todas ellas conctadas con el Monarca y en defensa de la Corona, pero la que más tiene que ver con nuestro relato es la que cuentan como D. José, habilitó un barco (galeón), para la pesca de la sardina, en una época en que el Rey no representaba a los españoles, y que cuando el barco fue botado a la mar, en las amuras llevaba puesto en letras grandes su nombre: "VIVA EL REY".
Aproximadamente por donde pasa ahora el puente de Canela, estaban los almacenes y las viviendas que alojaban a la tripulación y a sus familias de el "Viva el Rey". Este barco había sido trasladado a la Isla desde su antigua base de La Rábida, y al mando de la Compaña como Patrón, venía Juan Gonzalez (La Galera).
Por su gran personalidad, mi amigo Juan, merecería, porque disponía de un gran anecdotario, ser el protagonista de este recuerdo, pero no lo es; él será ep este.relato, la representativa encarnación de los verdaderos protagonistas que son los Pedreros.
Cuando un Patrón quedaba sin su empleo, fuese por las causas que fuese quedaba relegado automáticamente a la categoría de marinero raso. Esto le pasó a mi amigo Juan y no se conformó con ser marinero sin título, y lo que pudieramos llamar su gran aventura profesional, la realizó entrando en el casi prohibido mundo de los conocimientos del fondo de la mar, que tan celosamente han guardado siempre los Pedreros, parecido en su hermetismo a los antiguos alquimistas.
Para adquirir estos conocimientos, el Pedrero había tenido que sacrificarse un largo tiempo de su vida. Noches de vigilia con malos tiempos sobre la cubierta almacenando datos sobre estrellas, profundidad de las aguas, luces y promontorios que se divisaban en la costa, tendencias de las mareas según los caladeros, etc. etc.
Estas referencias las combinaba, como si de una máquina eléctronica se tratara y hacía posible que las redes al ser echadas al agua no fuesen a parar a un fondo peligroso.
Con la mano en la mejilla y echado sobre el mostrador, mi amigo Juan, observaba a un grupo de colegas suyos que charlaban en una cercana mesa. Una copa de aguardiente, otra y otra. Yo le despachaba y al mismo tiempo sabía que no tardando mucho la discusión se originaría.
Uno de los Pedreros, estaba relatando cómo había sido posible pescar en un determinado sitio. Juan le salió al paso en la conversación y le dijo que aquello que estaba diciendo no podia ser, que estaba equivocado. El aludido se indignó y a grandes voces mantenía su tesis con pelos y señales. La discusión se generalizó y tomó formas alarmantes como casi siempre. Después de varias horas de dime y yo te digo, cada uno se fue a su casa y aquí no pasó nada.
Estando los dos solos, en cierta ocasión, le dije: Amigo Juan, ¿cómo es posible que arme usted estos follones, sin motivo aparente para ello?. Me miró a través de sus emmarañadas cejas y asomó en sus morados labios aquella socarrona sonrisa que le daba su mayor atractivo y me dijo:
- Te ruego me perdones si algunas veces echo a la gente de la bodega, pero no tengo más remedio que emplear este recurso para que estos amigos descubran algo de sus conocimientos y así yo aprendo un poco más de lo que se.
Aquel día, yo tenía ganas de ir a la mar. Preparé el costo y Me embarqué. A las once de la noche, aproximadamente, nos encontramos en pleno caladero "buscando". El galeón con su silenciosa máquina de vapor, garboso, cortaba el agua, girando a babor y a estribor en busca de la apreciada sardina. El patrón de bote de bruces en la proa el proel, como un coloso, golpeaba la borda con su gran mazo de madera y el Patrón, atento a todo y a todos, en el puente cerca del timón y en la parte en donde la alzada de la borda es más baja, llamada "Labierta", mi amigo Juan, de pie, aguantándose solamente por la presión de la rodilla sobre la madera. La indumentaria clásica del viejo lobo de mar: sueter, chaquetón y pantalón de agua. Enrollada y sujeta en una mano la cuerda de cañamo y en la otra, la pesa plomada que compone la sonda. Su mirada recorre constantemente desde las luces que se divisan de tierra, hasta los gestos del Patrón que está en el puente, y en uno de esos momentos el Patrón, asomó la cabeza por la ventanilla y le dijo: ¡SE PUEDE CALAR!
Antes que el Patron terminara su pregunta, la plomada salió disparada al agua, y el chasquido de la cuerda de la sonda al rosar por ia proa del Pedrero, fue la señal que el trabajo comenzaba aquella noche como otras tantas, que dieron fama y esplendor a nuestro pueblo.
Carlos Mosse