La Maestra

A principios de los años cuarenta, vino a Isla Cane­la, Doña Carmen Antó Ramirez. Llegó acompañada de Pascasia, una sirviente, que más bien era su hija o hermana, o alguien de toda su confianza y afectos.
Todos los que estuvimos con Doña Carmen en la escuela, la recordamos y conservarnos indeleblemente su imagen en nuestras mentes: al poner estos dos pun­tos, me disponía a intentar hacer una descripción de su persona, pero no lo haré, porque los detalles de una gran dama, son muy difíciles de plasmar por lo menos a mí, y por ello solamente diré que eran tan impecable en todo y por todo que , lo dejaremos así: en una singular y respetabilisima dama.
Desde su casa al viejo colegio de la Ermita, habla una distancia de unos quinientos metros aproximada­mente. Esta distancia la recorría diariamente cuatro veces, a través de arenas sueltas y en descampado, con lluvias, sol o con lo que hubiera, pero no faltaba nun­ca a su obligación pedagógica.
La clase estaba compuesta por secciones: primera, segunda etc. Corno la escuela era mixta, habla secciones de niños y de niñas. Estas secciones eran llamadas por turnos a la mesa, y allí se daban las lecciones.
En ningún sitio he observado tanta disciplina ni mayor silencio que el que se observaba en las horas de clase en aquel colegio. No le hacía falta alzar la voz para nada. Todas las instrucciones las daba en voz normal, y yo hasta diría que más baja de lo normal. La gran personalidad de aquella mujer nos tenía a to­dos a raya sin que tuviese que emplear ningún método represivo para ello.
Cuando llamaba a una de las secciones a la mesa, todos marchábamos en orden y silencioso, sin comen­tarios, sin arrastrar los pies y lo que era peor: preocu­pados por la suerte que tendríamos en las lecciones que nos tocarían. La falta de comunicación dialéctica a que nos tenía acostrumbrado, era suplida por los exactos conocimientos que nosotros teníamos de sus gestos: cerrar el libro que leía, mirar el reloj, limpiar las gafas, en fin, cada gesto de ella, era para nosotros un mensaje.
Un día, recién entrados en clase, y mientras sacu­día la toca mojada por la lluvia que nos había caído por el camino,- nos sorprendió a todos, sentándose en el pico de una banca en mitad de la clase. Este cierno­cratico acto, totalmente desacostumbrado, nos in­quietó sobremanera. Algo grande tenía que decirnos o pasarle para que así se comportara. Yo pensé: a lo mejor la han trasladado y antes de irse quiere conce­dernos unos momentos de cariñosa y abierta comu­nicación, y pensando ésto, oí un discreto garraspeo y a continuación dijo:
"Hoy es un gran día para mí. Me han comunicado que un nuevo médico viene a Ayamonte. Es un médi­co jóven y muy inteligente, se llama Don Enrique González Mayboll. Ustedes dirán qué motivo tengo yo para sentirme feliz por la llegada de éste nuevo médico, pero si os digo que fue durante varios años mi alumno predilecto, lo podréis comprender perfec­tamente".
Continuó algún rato más hablando de Don Enri­que, y luego, se dirigió a alguno de nosotros en tono jovial y hasta dicharachero, lo cual supimos apreciar en aquel momento, porque todos estábamos sorpren­dísimos.
Transcurrió cierto tiempo desde lo que antes he contado, y un día, cuando la clase habla terminado y nos dirigíamos a casa, la invitamos a que viniera con nosotros para que viese una cosa extraordinaria. Co­mo era sábado y por las tarde no había clase, aceptó sin preguntar de qué se trataba, sin saber que poco tiempo después, ésta cuestión., le ocasionaria grandes emociones.
La llevamos a un gran cabezo de arenas por cuya cúspide asomaba el tejado de un viejo almacén que allí se encontraba enterrado. Retirarnos un trozo de madera del tejado, y por el agujero, le enseñamos lo que había abajo. Era una perra, color canela, preciosa delgada, acompañada de cinco cachorros que torpe­mente seguían a su madre por el amplio recinto de su encierro. Se quedó asombrada. Nos preguntó cómo era posible que aquellos animales estuviesen allí. Le explicamos que la perra cuando estaba preñada se ca­yó dentro del almacén y tuvo a los perritos allá abajo. Que cuando lo descubrimos, por los ladridos que la perra daba a consecuencia del hambre, acordamos llevarle diariamente comida y agua, lo que hacíamos de­jándoselo caer por medio de latas amarradas en corde­les,
Doña Carmen nos miró de una manera especial. Yo noté que estaba satisfecha de todos nosotros. Nos preguntó porqué no había bajado algún hombre con una cuerda para sacar a la perra y a los perritos. Noso­tros le dijimos que las gentes tenían miedo que la pe­rra estuviese rabiosa y mordiera.
Volvimos a casa y por el camino nos recomendó a todos que fuesemos diariamente a su casa para darnos comida para la perra y leche para los perritos, y así lo hicimos durante algún tiempo. Hasta que un día sali­mos al recreo y nos quedamos horrorizados: en una rama de la vieja higuera que había en la puerta del co­legio, se encontraba ahorcada la perra y también los cinco perritos.
Me es imposible encontrar las palabras que pudie­ran describir nuestro estado de ánimo cuando vimos aquella barbarie y mucho menos el de nuestra maes­tra, es mejor olvidarlo.
Después de enterrar a los desdichados animales se formalizó la clase y cuando todos ocupamos nuestros puestos, Doña Carmen se levantó de su sillón, y pase­ando por el pasillo central preguntó con voz terrible­mente fría si alguno de nosotros teníamos algo que ver con la criminal acción. Viendo que nadie se hacía responsable, nos dió instrucciones a todos para que averiguaremos quién había sido.
Y tuvimos suerte; a los dos o tres días nos entera­mos de como uno de nosotros había cometido tan criminal acción.
Fue un compañero de clase, hijo de carabinero, "de cuyo nombre no quiero acordarme". Cuando se lo participamos a nuestra maestra, no le causó gran extrañeza ya que el individuo en cuestión era diabó­licamente malo. Toda la clase desfiló ante el reo escu­piéndole a los piés, lo cual aguantó cínicamente. Y después del discurso de Doña Carmen fue expulsado del Colegio.
Habían transcurrido dos o tres días, cuando la clase fue interrumpida por la presencia del padre del expul­sado.
La entrevista del carabinero con 'la maestra fue borrascosa. Todas las amenazas de éste para obligarla a que volviera a admitir a su hijo fueron vanas. El se­ñorío de la maestra alcanzó todos los límites cuando le dijo que, antes de volver a darle clase a su hijo, preferiría ser expulsada del Magisterio, y a renglón segui­do, le hizo ver que no podía perder más tiempo por­que iba en detrimento de sus apreciados alumnos.
Cuando el buen hombre, que defendía a su mal hi­jo, salió del colegio, iracundo y farfullando en trevela­das amenazas, Doña Carmen, ocupó su sillón para se­guir con su trabajo.
Todos a una nos levantarnos de nuestros asientos. Ya no nos importó el ruído, porque más ruido estaba produciendo la gran ovación cerrada que le estábamos ofreciendo. Intentó imponer el orden, pero el raído de la palmeta sobre la mesa no se oía.Estábamos dis­puestos aseguir aplaudiéndole horas si hacia falta. No quería dar muestras de debilidad aceptando nuestro homenaje: seguía aporreando la mesa con la palmeta y con el ceño adusto. Pero seguimos y a nuestras pal­mas añadimos las vocés de bien, bien, bien............................... No pudo resistir más, su entereza se derrumbó ante nues­tro ataque de sincera admiración y cariño, Se puso de pié, firme, con los brazos caídos, como un soldado que está recibiendo el premio por haber ganado una gloriosa batalla; las lágrimas comenzaron tímidas, lue­go fueron raudales que caían por su cara y mojaban su impecable vestido,- no hacía nada por evitarlo, al
contrario, estaba dichosa, sonreía,
No sé cuánto tiempo estuvimos demostrándole que la queríamos y que estaríamos con ella siempre. Solo dejamos de aplaudir cuando vimos que levantaba tos brazos pidiéndonos que la escucharamos.
Se seco las lágrimas y nos miró disponiéndose a ha­blar. No pudo, no se atrevía, porque la voz se le que­braba. Se fue hacia la pizarra y escribió con rasgos fir­mes lo siguiente: "Ha valido dedicar cuarenta y cinco años de mi vida a la enseñanza, para vivir estos mo­mentos. Nunca olvidaré este maravilloso día. Pase lo que pase y esté donde esté, mi corazón siempre estará con vosotros. Gracias. La clase ha terminado".
CARLOS MOSSE