Para realizar este periplo urbano, a través de nuestra milenaria ciudad, he creído necesario ser acompañado por un viejo guía, imaginario, que bautizaremos con el nombre de Diego de Ayamonte.
Este personaje, que no responderá a clásicas características de lo que debe ser un simpático y extrovertido cicerone hispano, porque lo haremos introvertido, nos acompañará todo el tiempo. Con este adjetivo, queda perfectamente claro con qué clase de individuo caminaremos durante muchas horas por todos los rincones de este pueblo que, pintores, poetas y visitantes de todas las latitudes, han plasmado, cantado y aplaudido.
Usted, amigo mío, que me honra leyendo lo que escribo, no se haga ilusiones de poder intimar con Diego de Ayamonte, ni siquiera conseguir que cualquier atisbo de corriente simpática se establezca entre él y usted o viceversa. Porque, yo, que soy su creador: he procurado que su falta de comunicación, su grosería, su timidez y su desconfianza, repercuta a mi favor haciendo que mis ocurrencias sean más efectivas y puedan llegar con fuerza a vuestro ánimo, ¡creo que tengo derecho a ello, por algo son el que lo hace todo, hasta confeccionarlo a presentarlo a ustedes para que lo desprecien y lo odien!
Ahora, y ya que hemos presentado a nuestro coprotagonista -no debería aclarar que el protagonista soy yo, pero así las cosas quedan en su sitio, para ahora y para la posteridad- con todo su lastre espiritual, añadiremos su aspecto físico, para que así, cuando le sigan, acompañándome por nuestras rutas, le reconozcan y quede perfectamente localizado en vuestras mentes. •
Diego, es un sujeto de mediana estatura, piernas delgadas, torso comprimido,
brazos cortos, con manos pequeñas y cabeza que nos puede recordar a una enorme pera con ojos redondos; nariz aguileña y boca reducida casi a la mínima expresión. Sus orejas, vueltas hacia adelante, denotan el hecho natural de la desconfianza a todo lo que sus redondos ojos no puedan descubrir.
Siempre viste de la misma manera: camisa color ocre; corbata gris con lunares oscuros; chaqueta negra; pantalón gris marengo y zapatos de puntera estrecha con hebillas metálicas.
Bueno, se me olvidaba decir que sus cabellos, negros como la endrina y largos hasta el cuello, siempre van untados de grasa brillante y perfumada. ¿Edad? , le pondremoss unos cincuenta y cinco años.
Y dedicada toda esta introducción a la presentación de la susodicha persona, hora es de que nos pongamos en marcha y deambulemos por
¡LA VILLA!
Desde hace muchos años, el sábado ha sido mi día predilecto, mi día mágico. Por lo tanto es el día que, durante algunas semanas, pasearé por nuestro pueblo, acompañado de nuestro introvertido Diego de Ayamonte.
Y, como según dicen, el movimiento se demuestra andando, así, de esa manera, y mientras voy tomando estas notas, me dirijo a casa de Diego para recogerle como según quedamos ayer, mientras tomábamos nuestro riojita, y comenzaremos sin más demora, el primer capítulo de lo que será nuestra pacífica o accidentada aventura; ya lo veremos, conforme vayamos caminando.
Me estaba esperando en la puerta. Cuando ya me encontraba muy cerca de él, miró su reloj de pulsera, insistentemente, como queriendome decir que me había retrasado cinco minutos.
-Buenos días, Dieguito. No te esfuerce en echarme en cara los dos o tres minutos que he tardado más de la cuenta... ¡Vamos, Diego, que el día es espléndido, alegra esa cara, coño...!
-Primero tengo que decirte que no son tres minutos, sino cinco; segundo, que no me gusta que me llames Dieguito, y, tercero, que deberías de haberte puesto unas ropas más decorosas; pareces un destripa terrones con bolígrafo...
-¡Basta Diego, basta! Creo que no es para tanto, ¿no te parece? Todo el mundo me conoce y sabe que tengo un par de trajes para ponérmelos cuando me dé la gana... ¿estás de mala leche, también hoy?
-Yo tengo mala leche; hoy, mañana y todos los días. ¿Sabes por qué? ¡Porque ayuda mucho... muchísimo! Bueno, ¿a dónde vamos?
-A la Villa. Empezaremos por el Parador y terminaremos en San Francisco... ¿Te gusta el itinerario o escogemos otro?
-¡ Venga ya, lo malo.., cuanto antes mejor, no te fastidias...!
El Parador Nacional de Turismo (lo escribo con letras mayúsculas, porque todo lo estatal, o para estatal, es conveniente distinguirlo, por si acaso), se encuentra situado en el! vértice septentrional y más elevado de ese triángulo escaleno que constituye la geografía política de Ayamonte, sin incluir sus barriadas de: Isla Canela, Punta del Moral y trozo del Pozo del Camino.
Fue construido sobre las ruinas del castillo, de nuestro castillo, que la mayoría de nosotros conocimos como ingente montón de tierra y piedras derrumbadas, que vigila su última agonía la esperpéntica y descaranada torre del homenaje; quizás por costumbre, por la inercia que debe producir tantos siglos de alerta.
Qué lástima de nuestro castillo -le comentó a Diego-
-¿Por qué no dices: ¡que lástima de nuestro Parador?
Al fin y al cabo, el Parador está vivo; al castillo lo conocimos cuando ya estaba muerto...
-Por eso, precisamente, me da pena que haya muerto; me gustaría que en este momento resurgiera con todo su esplendor, para contemplarlo y poder vivirlo.
-¡Esplendor... de qué esplendor estás hablando! En esos tiempos, el señor del castillo ordeñaba cabras y se lavaría una o dos veces al mes...
¡Desde luego, eres un catastrofista...!
-Tú eres el catastrofista. Tú, que deseas que muera una cosa limpia, aseada, activa, útil.., para que resurja lo bucólico, sucio, indolente y, seguramente, cruel... Tú no tienes remedio, eres un romántico irracional... no mides nunca las cosas; no sabes distinguir lo útil de lo importante.., ni sabes situarte en el tiempo...
-¡Eh, muchacho, ya está bien, que estás insultando...!
-¡ Claro que sí! ¿Es que tú no estás insultando al sentido común y, sobre todo, a mi inteligencia? ¡Tiene cojones, le da pena el castillo!
-Diego, por favor, no te embale. Cálmate y observa bien la panorámica que nos ofrece el río; el agua camina mansa y tranquila hacia el puente.
¿Te acuerdas los primeros días, cuando la corriente llegaba desconfiada hasta las plataformas, creyéndose que estaban ahí para impedirle el paso? Pienso que la Naturaleza está dispuesta a la gran simbiosis; obra creada por Dios y obra creada por el hombre...
-¡ Muchacho! ¿Por qué no te dedicas de lleno a la literatura? ¡Qué barbaridad...!
-Diego, ¿es verdad lo que tú dices de la mala leche?
-¡Que si es verdad! ¿Pero tú en qué mundo vives?
-Yo pretendo vivir en el mundo bueno, ¿tú por qué pretendes vivir en el malo?
-Yo no pretendo nada, ni siquiera pretendo vivir, simplemente me dejo ir por el tobogán.
-¿Qué te parece si bajamos y le echamos un vistazo a lo que fue la ciudadela?
-¡Me parece estupendo! Aunque sería mejor decir que echaremos un vistazo al mejor chalet de Ayamonte.
Y hacia la fortaleza, ahora convertida en extraordinaria mansión particular, cuyo dueño (ingeniero técnico), ha conservado en lo posible el sabor de los siglos, nos dirigimos, no por la carretera, sino por el sendero que hay por la solana, poco a poco, sin prisas; charlando, mientras observamos el campanario de la Iglesia del Salvador que, como centinela de piernas cercenadas vigila por encima de la vaguada.