Alfa y Omega


...y el sabio exclamó: "sé que no concordamos con todo lo que nos rodea. ¡Pero qué puedo hacer siendo ya tan viejo!".



Mi amigo era inteligente, culto y disconforme con el mundo. Su porte de rústico soldado prusiano escondía el vasto cultivo de su espíritu. El tra­bajo que realizaba como administra­tivo, lo llevaba a cabo, como obligado medio de supervivencia; su verdade­ra vocación eran los clásicos, para dar rienda suelta a su imaginación y vivir con ellos en plena Hélade.
De su noble vesanía, me dí cuenta cuando una tarde entró en mi oficina y, como otras muchas veces, nos pusimos a hablar de temas que a mí me parecían profundos, en los cuales, él siempre llevaba ventaja.
Esta vez, entre una enmarañada tela de consideraciones y de porqués, desembocamos en lo escabroso de la existencia.
Sin describir los matices de sus expresiones, ni las emociones que reflejaba su rostro, a medida que sus palabras surgían reposadas y seguras de sus labios; trataré de transcribir, todo lo fielmente que pueda, lo que dijo.
"...amanecer y anochecer, nacer y morir; el principio y el fin de todas las cosas. ¿Dónde está y desde dónde parte el principio? ¿Está ya descu­bierta y completamente clara, esa línea de partida y esa señal de llegada? ¿Es el primer momento la tarde o el ama­necer? ¿Cuando se comienza, al na­cer o al morir? ¡O existen dos cami­nos! Si existiesen, ¿a dónde conduce y cuando termina el segundo...?
Si la semilla es para que el relevo sea perpetuo, ¿por qué los portadores de ella nos empeñamos en que nues­tro fin no llegue? El fin es lo más fácil y lo más natural; en una palabra: lo más lógico.El principio, matemática­mente no existe, porque solamente se conoce algo cuando llega el fin; es lo que se llama suma de resultados.
Nosotros hacemos lo que nos di­cen porque ello sale de la actual fuen­te de nuestra sabiduría. ¿Pero qué pasaría, si dentro de unos cuantos siglos se descubriera que todo estuvo equivocado? ¿Como se reivindica­rían esas víctimas de tanto tiempo...?
Los humanos corretean por el mundo, como lo hacen los niños en los parques, con excepción de los sabios; ellos son como padres buenos que no saben criar a sus hijos. Si un sabio se dispusiera a arreglar el mun­do, el mundo diría que su razón se había perdido. Es comprensible que los sabios tengan miedo. Yo no tengo miedo, seguramente porque no soy sabio, pero presiento que mi existen­cia se encuentra en peligro. Me en­cuentro atrapado en las sutiles redes de las preguntas; en los momentos desesperados de las comparaciones. No quisiera pensar, pero me es impo­sible sustraerme a esa necesidad de buscar la armonía de las cosas y en­contrar las respuestas de los porqués. También considero que no hace falta en esa majadería de Alfa y Omega, el principio y el fin de todas las cosas no existe. Solamente existe el término medio, lo mediocre, lo estático, lo acechante... que no tiene comienzo ni termina. ¡Adelante, término medio, Alfa y Omega solamente son falacias de agriafiestas que pueden amargar­nos la vida!
No sé si estarás de acuerdo, pero nuestra raza es un atipismo terrestre. No encaja en ninguna de las coorde­nadas naturales de este planeta. Este debe ser el motivo por el cual a nadie le preocupa seriamente su destruc­ción.
En verdad te digo que me gustaría asistir a ese grandioso momento en que la Naturaleza se suicida como protesta ejemplar ante las leyes del universo".
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Lo mismo de desconcertados que ustedes hayan podido quedar con las palabras de mi amigo, así quedé yo aquella tarde.
Desde aquel momento, tuve la preocupación de que su salud se en­contraba seriamente afectada. Poco tiempo después cayó bajo los efectos de una gran depresión de la cual nunca pudo recuperarse.
A mi buen amigo le sorprendió la muerte cuando todavía era joven y fuerte. No le dio tiempo a comprobar que sus hijos también habían hereda­do su gran coeficiente intelectual, aprovechándolo de una manera bri­llante.
Posiblemente, si Alfa y Omega tienen el significado que él, en un momento desesperado quiso quitarle, lo habrá contemplado todo y se consi­derará gratamente dichoso.
Carlos Mosse.