La Península Ibérica se encuentra descolgada de Europa como un péndulo, casi cuadrado, que, limita al continente, en las orillas del Mar Tenebroso. Y la mitad de esa gran ribera, que comienza inmediatamente al oeste de Cádiz, terminando en Finisterre, se encuentra enclavada la ciudad de Ayamonte, en el estuario lleno de luz y bonanza del río Guadiana.
Esta ciudad, de menos de veinte mil habitantes, desparramada monte abajo hasta el estero de La Ribera, milenaria en su fundación y actualísima por sus reformas, ha sido siempre refugio de forasteros y parada indefinida de caminantes y extranjeros.
Y como siempre ha ocurrido con todos los pueblos antiguos, que han tenido mucho tiempo para llenarse de historias y leyendas, este pueblo, Ayamonte, no podía ser menos.
De sus leyendas he elegido una que muy bien podría ser una historia real (a pesar de sus extrañas características), porque nunca he podido evadirme del vicio de preferir lo subjetivo, me parece más interesante.
- Padre, esta noche nos vamos a mojar. La tarde se está poniendo fea... ¿No ve usted que mala puesta tiene el sol?
- Las tardes de principio de otoño son siempre así, amenazan pero no llueve.., de todas formas tú puedes llevar razón. ¿Te trajiste los lazos? Esta noche tenemos que atrapar algunos conejos.
Sí, padre, los tengo en el aparejo de la última mula.
- Las noches de cuarto menguante, son muy buenas para cazar con trampas, y, ésta, además está nublada para ser mejor.
-Eso dijo usted la luna pasada, y fue un fracaso.
- Ya lo veremos, Paquito, ya lo veremos.
Por lo que se desprende de la conversación que llevan nuestros amigos, mientras caminan a través de la marisma del Molino, podríamos entender que son cazadores furtivos que, aprovechan la noche para capturar sus presas. Pero no es así, son arrieros, dedicados al barbecho de montes para el aprovechamiento de la jara, destinada al calentamiento de los hornos de las panaderías de aquella época.
Volvamos a oír lo que hablan padre e hijo, para tener la oportunidad de que, de sus propios labios, sepamos de sus suertes y de sus tribulaciones:
- Padre, ¿nunca ha pensado en dejar este oficio tan duro?
- ¡Paquito que estás diciendo! ¿Donde voy yo a ganar dos duros diarios...?
- Le comprendo, pero dormir unas cuantas horas a la semana y descansar mediodía los domingos es mucha tela... ¿O no es verdad...? ¿Cuánto aguantaremos así?
- Así aguantaron mis abuelos, mis padres y, también, estoy aguantando yo. ¿Cuántos años has cumplido ya, Paquito?.
- He cumplido diecisiete, padre. Pero llevo trabajando con usted, cuatro.
- Esto quiere decir que empezaste a trabajar a los trece. Yo cuando cumplí los diecisiete, ya llevaba nueve trabajando con mi padre; tú has tenido más suerte que yo, que mi padre y que mi abuelo. Sin contar que tu sabes leer y escribir y nosotros no tuvimos esa oportunidad, eran otros tiempos.
- Sí padre. No crea usted que me estoy quejando, lo digo porque usted ya tiene mucha edad.
- ¡ Anda, Paquito, yo todavía soy un hombre joven y fuere! ¿O es que tú no lo notas cuando le echo mano a una jara vieja?
- Claro que sí, usted es el hombre más fuerte que hay.
- Paquito... Paquito
- La Luna, en el trozo más pequeño de su exposición, proyecta un pobre resplandor sobre la Tierra, produciendo un efecto menguante en todas las cosas.
Paquito y su padre ya habían trabado las mulas para que pudiesen pastar pero no irse lejos, y, también, las trampas habían sido montadas. La candela ardía lentamente con sus bailarinas llamas verticales a falta de viento y la noche se encontraba inmersa en un religiosa calma. Solamente los extraños rumores del bosque llegaban hasta nuestros protagonistas, cosa a la cual ya estaban muy acostumbrados.
- ¿Está bueno el tocino? - pregunta a Paquito su padre‑
- Como siempre, padre. Aunque parece que hoy está un poco amargo... debe ser que tengo las manos llenas de savia de las jaras...
- Te juro, Paquito, que si este invierno no va bien, ya no vendremos más. Tenernos que convencer a tu madre para que saque los ahorrillos y montaremos una carbonería. ¿Qué te parece?.
- Creo que es una buena idea, pero. bueno, creo que a mi madre no le gustan mucho los negocios...
- Eso déjamelo tú a mí, yo sabré como entrarle...
- ¡Padre! ¿Ha visto usted lo que ha pasado por encima de la candela?
- No...no he visto nada. ¿Qué ha sido?
- No sé...ha sido como una manga de viento... ¡mire, mire, hasta las llamas se están moviendo!
- No te asustes hijo. Ya sé lo que es: un búho.
-Levántese. padre, que ya es de día.
- Qué cansado estoy. He tenido una pesadilla horrible que me ha dejado molido...
- ¡Qué coincidencia! Yo también he tenido un sueño y me ha pasado igual. Me ha dejado muy- cansado.
- ¿Cómo fue ese sueño, Paquito? ¿Te acuerdas bien?
- Sí, padre. Nunca podré olvidarlo... fue tan real!
- ¡Cuéntamelo. hijo. y no olvides ningún detalle!
- Fue así: Estaba yo apagando la candela, cuando de pronto se levantó un viento fuerte y frío, que hizo volar la ceniza y el poco de rescoldo que todavía quedaba encendido. Quise decirle a usted lo que estaba ocurriendo, pero algo me atenazó la garganta y me quedé sin "habla. En un momento, todo el contorno se pobló de enormes buhos de ojos redondos y amarillos, cuyas miradas parecían decir que nuestras vidas se acabarían de un momento a otro. Y fue en el instante en que el aire cesó, cuando en el mismo sitio. donde antes estuvo la candela, se posó un enorme pajarraco,
el doble de grande que los demás, y fijando sus asquerosos ojos en nosotros dos nos habló como si fuese una persona:
"Esta noche habéis asesinado, con vuestras malditas trampas, a cuatro de los nuestros; no es la primera vez. No os conformais con llevaros toneladas y toneladas de bosque, sino también nos quitais nuestro alimento, incluso la vida. ¡Esto ya se acabó! Teneis dos opciones para salvaros: dejar nuestra
fuente principal de alimento en paz o marchar a otra parte, si así no lo haceis moriréis, los animales somos también hijos de este planeta. No olvidar que esta es mi sentencia irrevocable. ¡ ¡Marchaos para siempre y conservareis la vida! !".
Al mismo tiempo que Paquito iba narrando su increíble sueño, el viejo leñador sentía que los escalofríos, que se habían adueñado de todo su cuerpo, aumentaban de intensidad, hasta el extremo de temblar como, a la presión del viento, temblaban las ramas de las jaras arrancadas por él durante tantos años.
Un gran esfuerzo le costó reponerse del delicado estado anímico en que se encontraba, sobre todo para que su hijo no lo notara. Luego, dando algunos traspiés se dirigió hacia el pequeño arroyo, que estaba cerca, y hundió su cabeza en el agua hasta que pudo aguantar la respiración.
Repuesto ya de aquel mal momento, le dijo a su hijo que la faena había acabado. Y se fueron con la mitad de la carga de otras veces.
Poco tardaron en repartir la leña en las tres panaderías, mucho más tardó el leñador en convencer a su esposa de que había que vender las mulas y buscar otro medio de vida, pero lo consiguió.
Paquito no podía entender la postura de su padre. Él, le había dicho, que cuando llegase el verano hablaría con mamá del asunto de la carbonería, y si ella estaba de acuerdo dejarían de ir a barbechar ¿por qué, quedando tantos meses todavía, tiene tanta prisa? No sé. mascullaba Paquito cada vez que pensaba en el cambio radical de su padre.
José, me ha dicho tu hijo, que tú tienes unos cuantos cepos para cazar conejos ¿me los quiere vender? Es que cuando te compré las mulas, yo no pensaba en aprovechar el tiempo atrapando algunos "bichos".
- ¡Déjate de conejos, Juan! Mira, haz tus barbechitos y no te metas en líos ¿sabes que si te cogen los guardias, pierdes hasta las mulas?
- ¡No creas que te estoy pidiendo que me los regales, te pagaré lo que me pidas!
- Lo siento. No te venderé esos cacharros por nada del mundo.
- ¿Estás enfadado conmigo?
- ¡Al contrario! No te los vendo porque te aprecio mucho.
- Bueno, si te pones así, tan raro, los compraré en la tienda...
- ¡No seas terco, Juan. Te pido por tu madre, que te olvides de los cepos y de los conejos ¡eso trae muy mala suerte... !
- No te ofendas por lo que te voy a decir: no te encuentro muy bien ¿por qué no vas al médico?
- Si te empeñas en no hacerme caso, tú serás el que tendrás que ir al médico... o quizás a otro sitio peor.
- Bueno. Como no te entiendo muy bien, ya lo pensaré.
- Sí; Juan el cojo! ¡el que le compró las mulas a José! El pobre, se lo han encontrado muerto en el barbecho. Pero de una manera misteriosa. El forense dice que es como si se lo hubiesen comido los pájaros.
-Padre. Le he estado dando vuelta a mi cabeza y he llegado a la conclusión que nosotros tenemos algo que ver con la muerte de Juan.
- Paquito, nadie tiene que ver con la muerte de Juan. La muerte de una persona siempre tiene que ver con lo que ya, desde que nació está escrito. ¿Le hubieses convencido tú, hablándole de un sueño, donde una bandada de búhos juzgan y condenan a los hombres?.