El Hombre de la Verdad


Dicen que en cierta ocasión, un buen amigo de Maquiavelo, preguntó al historiador: "Nicolás, ¿por qué te empeñas en hacerte malo y odioso ante la gente, si en realidad eres un buen hombre?".
El escritor contestó: "amigo mío, es mucho más grato para mí que la gente averigue que mi mentira es buena, a que la gente pueda pensar que mi verdad es mala".


La verdad y la mentira, por ser ambas vinculantes, son totalmente subjetivas. Nadie nacido de mujer, puede jactarse de practicar siempre la verdad, porque es imposible ya que ese mismo hecho de la subjeti­vidad, le impide ser netamente ob­jetivo y ni en este confuso dilema cayó nuestro protagonista de hoy, cuando un buen día decidió ser lo que se llama un hombre cabal.
Eugenio era un chico de buena familia cuando contrajo matrimonio con Isabel, bellísima joven de nues­tra tierra, aunque algo presumida y mal criada.
Llevaban ya más de un año de matrimonio, cuando cierto día Isa­bel le anunció que se encontraba embarazada. Eugenio recibió la no­ticia sin grandes muestras de entu­siasmo, aunque tampoco demostró contrariedad por lo que se supone debe ser un gran acontecimiento en el seno de una nueva y feliz fami­lia.
Transcurrieron varias semanas desde aquel día que Isabel le anun­ciase el embarazo, cuando cierta tarde, sentados en la terraza de su pequeña finca, mientras contempla­ban como el disco anaranjado del sol se perdía por el lado opuesto del río, Eugenio mirándola fijamente a los ojos le dijo:
- ¿Por qué me mentiste?
Isabel, en un tono algo desabri­do, como era costumbre en ella, exclamó:
-Qué estás diciendo...! ¿Cuán­do te he mentido yo?.
- Bueno, creo que lo he dicho mal. Quise decir que no me dijiste, ni me has dicho todavía, que no podías tener hijos...
-¡Pero eso no es mentirte!
- Para mí, ocultar la verdad es mentir.
-¿Sabes lo que eres...?, un san­turrón, un... un...
-¡Basta, basta ya! ¡Tú nunca po­drás entenderlo!.
Desde ahora no tendremos secre­tos. Nos diremos las cosas con toda claridad, porque me he propuesto ser una persona íntegra hasta en los más minimios detalles. Quiero vivir en la verdad, porque cuesta menos tra­bajo y menos disgustos...
-Bueno, tu vive como quieras, pero ahora, en este mismo momen­to, tienes que retractarte de lo que me has dicho...
¿Qué interés podía tener yo en ocultarte eso?.
-Bien, dejémoslo. Solamente quiero hacer lo que te he dicho, y para ello cuento con tu ayuda. ¿Me lo prometes?.
-Pues.., sí, de todas formas yo estoy aquí para eso. ¡Pero tú tam­bién estás para ayudarme a mí! Sí, de acuerdo.
El bautizo de Miguelito (se le puso Miguel porque así se llamaba el padre de Isabel), se celebró es­pléndidamente, los más selectos re­presentantes de la sociedad local acudieron al acto religioso y al gran banquete. Ya terminado todo, las felicitaciones agobiaron al matri­monio y al nuevo cristiano.
Ya Miguelito correteaba por la casa, cuando llamaron a la puerta.
-Papá, papá, un hombre te lla­ma.
-Lo siento, no tenemos nada que darle.
-¿Quién era, Eugenio?
-Nadie, un pobre.
-¿Vamos a salir?
-No, me duele mucho la cabeza. -¿Quieres una aspirina?
-No, porque también me duele el estómago.
-Papá, papá, otro hombre está aquí.
iHola Rodríguez! ¿Traes la fac­tura?
-Sí, Eugenio, pero no corre pri­sa. He venido a saludaros.
-Sí, te lo agradezco, pero pagar es sagrado. Tráela.
-¿Sabes que Alonso se enterró ayer?
-Sí, me enteré. Yo no pude ir al entierro porque estaba de viaje.
-Tengo en el coche unas aceitu­nas maravillosas. ¿Quieres unas cuantas?, aunque tengan vinagre y para el estómago... tú ya sabes...
-          No tráemelas, yo tengo el estómago a prueba de bomba.
Señores, les he reunido para no­tificarles, con todo mi dolor, que la empresa presentará suspensión de pagos desde mañana mismo. La si­tuación es insostenible. Ya no po­demos aguantar más.
Solamente podríamos evitarlo si ustedes, los que ostentan altos cargos aportan el 50 por ciento de la deuda, y nosotros, los propietarios, reunimos el otro 50. Lo que uste­des aportarán les sería devuelto en plazos mensuales, junto con sus retribuciones. ¿Qué dicen?.
Todos decidieron aceptar la pro­puesta de la empresa, menos Eugenio que, deshecho en discul­pas, dijo que no tenía dinero.
-Bueno -dice Isabel-, nosotros podemos hacer igual que tus com­pañeros. Podemos hacerlo.
Esta empresa no tiene porve­nir... no me interesa.
-Mi hijo ha estado toda la noche en casa, junto con nosotros, mi mujer y yo, por consiguiente no tie­ne nada que ver con ese delito que se ha cometido.
-Si usted y su esposa lo decla­ran y firman, retiraremos los car­gos, aunque insisto, sus amigos sos­tienen que su hijo también se en­contraba en el lugar de los hechos.
-Sus amigos, lo que desean es implicarlo, nada más.
Mañana vendrá mi esposa para firmar la declaración.
-Tienes que ir mañana a la Co­misaría para firmar la declaración, y no se te olvide que tiene que co­incidir con la que yo he firmado.
Aquella tarde era muy parecida a aquella otra de 16 años atrás, cuando el sol era como un disco naranja que, lentamente, se escon­día tras los grises montes del otro lado del río.
La terraza y la pequeña finca no eran las mismas, la humilde terra­za se había convertido en un lujoso mirador y la finquita era ahora un gran latifundio. Ya Isabel había per­dido el empuje y el encanto de su mala educación que, como siempre, los cabellos grises habían honorabilizado.
Ella, Isabel, ojeaba una revista de modas, y él, Eugenio, oteaba el horizonte como esperando encon­trar alguna señal que le anunciara la satisfacción que se sentía por él, allá donde los nombres de los jus­tos están inscritos.
-¿Estás aburrida?
-¿Y tú, lo estás?
-Yo, no, me gusta contemplar el panorama hasta donde llegan mis ojos.

-...Quien pudiera decir lo mis­mo. Yo no veo como desde aquí hasta ahí.
-Isabel, ¿sabes que estoy muy orgulloso de tí?
-No. No lo sé, porque saber tus pensamientos sería una cosa impo­sible.
-¡ Por qué me contestas así!, yo esperaba una respuesta más cariño­sa.
-Nuestro cariño profundo y es­pontáneo hace muchos años que no funciona. Somos un matrimonio respetable y nada más.
- ¿Y eso por qué se ha produci­do? ¿Qué culpa tengo yo?
-No lo sé, yo sé que he cumpli­do aquella condición que tu me im­pusiste hace dieciséis años. Te he apoyado en todo y he hecho todo lo que me has pedido. Tu a mí, no has tenido que apoyarme en nada de lo que hablamos, porque no ha hecho falta.
Lo más lamentable es que tú no has podido lograr lo que querías, vivir en la verdad... ¿y sabes por qué no lo has conseguido...? por­que la verdad que tú has podido encontrar es simplemente tu verdad, la subjetiva, la de cada uno. A mí no me ha hecho falta buscar nada, porque la encontré cuando nací: mi conciencia.
-No tengo más remedio que dar­te la razón. Pero creo que hay algo que he aprendido, valorar en lo que merece la mujer que tengo y haber vivido en la preocupación y el temor, aunque, equivocado. ¿Qué me aconsejas que haga?
-Emplea la verdad de la concien­cia, la que se ve, la objetiva, por­que negar una limosna a un pobre, diciéndole que no tienes nada que darle, es una mentira como la más grande de las mentiras. Eso es lo que hay que hacer si quieres tener algo de verdad.
j ¡Te quiero!!