El porqué y el cómo son tan parecidos que se pueden confundir, igual que ocurre con las setas buenas y las venenosas. "Ser o no ser" sigue siendo el gran dilema délas personas.
Después de tres meses de incesantes lluvias, el viento de nordeste asomó tímidamente haciendo que las nubes comenzarán a desaparecer y, al mismo tiempo, que la temperatura bajara considerablemente.
Esa tarde, cuando los grandes charcos no habían desaparecido todavía y en ese trayecto comprendido entre el final del estanque y la terminación de la barda que, absurdamente pretende guardar las propiedades de la Renfe, a través del ambiente de la entreluz, divisé su figura de tiritante adolescente que espera a que alguien la invite a subir a su coche. Yo la invité, y ella, sin dudarlo, subió al mío.
-¿a qué sitio vas?
-a donde sea... a mí me da igual.
-Pero... no comprendo. Tú estás haciendo autoestop para que te lleven a alguna parte...
-yo no estoy haciendo autoestop; ¿te he parado a tí, quizás?.
Su carita, acostumbrada a la "vida" y al frío, se iluminó picare,scamente mientras esperaba mi respuesta.
-Pues... sí, creo que llevas razón. Tú no has hecho ninguna indicación pidiéndome que pare. Pero entonces ¿por qué te has montado conmigo?
-¿Tú que eres?
Al mismo tiempo que me preguntaba, su pequeña mano se posaba sobre mi pierna. Era un manita de niña, llena de venas de un azul descompuesto, con dedos nerviosos y afilados, que salía de una muñeca seca y casi plana que no mediría más de cinco centímetros de grosor.
-Qué ¿te animas?, volvió a preguntarme, mientras hacía más presión sobre mi pierna.
-Mujer... que quieres que te diga... Quien no se anima con una preciosidad como tú. Yo creo que...
-¡Mira, tío...dejatee de rollo y para en el primer sitio bueno que encuentres, ¿vale?.
-Está bien... está bien... ¿te parece en el cruce de Villablanca?
-Vale
No fue una afirmación exclamatoria, fue modulada con suavidad; me atrevería a decir que dulcemente. Después retiró la mano y comenzó a trastear en el viejo bolso que había colocado sobre el salpicadero cuando entró.
-¿Qué estás haciendo?
-Voy a preparar el rollo.
-¡De qué rollo hablas!
-Del nuestro, ¿o es que te quieres hacer el tonto?
-Bueno... la verdad es que no estoy muy puesto en estos trances, yo...
¡Joder! ¿trance le llamas tú a lo que vamos a hacer? Esa palabra es feísima. Bueno de todas formas cuando terminemos ya lo dirás de otro modo. Mira ¿sabes qué es esto?.
Sus deditos me mostraban un pequeño artilugio que a medida que iba deslizándose, cobraba transparencia y forma significativa.
-¡Oye, no me digas que yo...!
-¡Claro que sí tío! ¿tú te crees que yo puedo fiarme del primero que me coge?
-¡Válgame Dios, en el lío que me he metido! ahora resulta que yo soy el que te ha cogido. Dime una cosa: ¿aquí, quién coge a quién?.
-¡ ¡Joder, que con tanto hablar te has pasado ya del cruce!! Da marcha atrás, porque, como sigamos así, este plan, va a salir hasta en el Carnaval.
Hice lo que me decía y entramos en el trozo de carretera muerta. Nos paramos en la misma curva de los portugueses y, ya con las luces apagadas, me dispuse a afrontar lo que hiciera falta.
Empezaban sus escuálidas manitas a recorrer mi vieja hurnanografía, cuando, de repente, toda la noche desapareció huyendo por encima de los pinos, para dejar paso a un pedazo de coche cargado de hombres y mujeres que, por lo visto, tenían allí su paradero de todos los días. Y aparcó mismo detrás nuestro, metiéndonos las luces hasta en los huesos.
A la primera no me arrancó el coche. Esto hizo que en los pocos segundos que transcurrió hasta el tercer intento, que fue cuando se puso en marcha, el sudor comenzara a invandir casi todo mi cuerpo
-;Pero qué haces!
Ni siquiera le contesté. Fuimos dando botes por todos aquellos agujeros hasta alcanzar la carretera general.
Nunca había tenido la necesidad de comprobar la máxima velocidad que podría alcanzar mi pequeño coche; esa noche lo comprobé. También pude comprobar la cantidad de chirimbolos inútiles que una mujer puede llevar en el bolso, cuando tuve que ayudarle a recogerlos esparcidos por los asientos y por el suelo.
-¿Y ahora, qué?
Esto me lo preguntaba cuando estábamos ya aparcados junto a la orilla del paseito de Jiménez Barberi.
-Ahora, nada Dime que tengo que darte, por haberme hecho pasar una mala tarde, y se acabó.
-Dos talegos.
A pesar de su escueta contestación, el modo de decirla, volvió a ser suave y dulce.
-Está bien.
Apretó el dinero en su mano y, a través de la luz que llegaba de las farolas, pude volver a ver cómo sus venitas de tornasol se marcaban perfectamente.
Ya se iba, cuando volvió y, apoyada sobre la puerta abierta, me dijo:
-Oye ¿por qué corrías tanto? Hemos estado a punto de matarnos, tío.
No iba a responderle porque era obvio, pero lo hice.
-¿Tú conoces a mi mujer?
-No. Bueno, sé quien es, pero no la conozco.
-Entonces dejemos la cosa como está. Ya es muy tarde y tengo prisa. Otro día hablaremos ¿vale?
-Vale... ¡qué lástima!