Las épocas de los hombres no guardan ningún paralelismo con las épocas de nuestro planeta, bueno, eso de nuestro planeta es un decir, existen miles de millones de personas que no pueden disponer ni de un metro cuadrado de tierra que les sirva de sepultura.
La Tierra, hace miles de años que no cambia de fisonomía. Solamente algunos fenómenos sísmicos y algunas manifestaciones volcánicas, muy localizadas, nos demuestra que las mutaciones habidas durante millones de años, ha terminado.
En cambio, el hombre ha aprovechado esa situación de estabilidad para desarrollar sus constantes mutaciones, que le han llevado a su actual evolución y, según decimos, al gran Progreso, que lo identifica como componente de la especie más inteligente. ¿Estaremos seguros de que siempre seremos los más inteligentes? ¿Se estará preparando alguna especie que podría sucedernos?
No hace muchos años, cuarenta quizás, conocía un hombre que dedicó toda su vida y todo su trabajo a la pesca; a la pesca con anzuelos. Desde la algarrobera, hasta un par de millas después de la desembocadura, la corriente del Guadiana movió el señuelo de sus aparejos de cáñamo y tanza, en donde perdieron la vida infinidad de . plateados róbalos y toscas corvinas.
Una de esas noches de Julio, cuando el terreño había sembrado el terror entre los mosquitos, y el ruido de los rociazos coincidían con la creciente, mi amigo y yo nos encontrábamos tumbados sobre el gran montón de redes que, en la misma orilla del estero de Canela se preparaba como próxima remuda del "España".
Fumábamos, con la punta del cigarrillo resguardada por la mano semicerrada para no quemar las redes, cuando José, así se llamaba mi viejo amigo, me contó la historia más increíble que pueda escucharse.
El momento era propicio, porque el constante chocar de los nerviosos oleajes contra la muralla de fango, mezclado con el silbido del viento, producía una especie de profundo gemido que enmarcaba adecuadamente el hiperbólico relato. Esto fue lo que me contó:
-Era próximo a las Angustias, el día uno o dos de Septiembre. hacía una tarde maravillosa y el río parecía un plato. Preparé la canasta con los aparejos y la "carná", y me dispuse a sacar la lancha. Estaba muy arriba todavía y Rita me ayudó a botarla.
Cuando salí del estero no sabía para dónde tirar, si hacia el muelle de Ayamonte, la marea crecía, o fondear cerca del pontón del carbón. Me decidí por esto último.
Llegué cerca al barco negro, casi al costado para que me diera sombra, y eché el rezón.
Estaba preparando el primer aparejo, cuando empecé a notar que la lancha se estremecía, era una vibración extraña, no era igual que cuando la corriente choca contra la cuerda del rezón, era una causa más profunda la que producía aquel suave estremecimiento que ni siquiera hacía mover los cacharros que estaban repartidos por encima de los bancos.
El fenómeno duró más de una hora, el tiempo que tardó en irse la incierta luz del crepúsculo para hacerse de noche. Y cuando ésto ocurrió la negra silueta del viejo navío de tres palos, cobró tan imponente contorno que me sentí empequeñecido,totalmente insignificante.
¡Qué me estaba pasando! ¿Tenía miedo? ¿O era que aquella vibración de hacía un rato había predispuesto mi ánimo hacia lo extraño, hacia lo que se presiente pero que no se ve?
¡¡ AL cuerno las tonterías!! Yo nunca había sentido ninguna inquietud dentro de mi lancha, aunque buenos momentos de apuros había pasado. ¿Por qué había de sentirlo esa noche que, para colmo, el río era como una balsa de aceite?
Cobré ánimo y eché el segundo aparejo. La pesca empezaba a darse bien, cuando de nuevo comenzó a vibrar la lancha. Ahora, el estremecimiento que sufría el barco, era mucho más fuerte, casi violento. Los cacharros que se encontraban por encima de los bancos, caían abajo. Y yo, sin poderlo evitar, también empecé a temblar.
No sabía qué pensar. ¿Se estaría produciendo un terremoto? ¡Sí, esa sería la causal Si en vez de estar en una embarcación estuviese en tierra, la cosa no pasaría de ser un fenómeno, peligroso, pero localizado; en el río parecía otra cosa.
Tranquilo, me dije a mí mismo, es un temblor de tierra. Ahí, fuera del río, lo estarán pasando mucho peor que yo. Y antes que terminaran mis lógicas consideraciones, todo quedó en calma otra vez.
Lo ves, y volví a hablar para Mí, eso es lo que era, un temblorcillo sin importancia pero que puede asustar al más pintado.
Tiré de uno de los aparejos y estaba enganchado en el fondo. Hice más fuerza y el cordel cedió hasta poderlo recuperar totalmente, lo único que se había perdido era los dos anzuelos que componía el principal elemento del arte. Y todas las veces que volví a echar los aparejos, siempre vinieron sin los anzuelos.
Y ahora viene lo increíble; lo que nadie podría admitir como cierto, sino como la fantasía de un soñador o simples desvaríos de un pobre loco, ese es el motivo de no habérselo contado a nadie. Ahora te lo confieso a tí, porque estoy seguro que, por lo menos, no te reirás. Escucha:
Como estaba harto de perder anzuelos, decidí fondear en otra parte. Pensaba en qué sitio me iría mejor, cuando oí un ruido arriba, en la borda del pontón. Aunque la noche era muy oscura, recordé al guardián que siempre encendía las luces de situación. Me miraba fijamente sin decirme nada, y como él se encontraba en su territorio creí que yo estaba obligado a saludar primero. Lo hice dirigiéndole un ¡eh!, apoyado con el movimiento de uno de mis brazos, pero no me contestó.
A la vista de mi fracaso parlamentario, empecé a lavar los aparejos para marcharme. volví a mirar y allí estaba él todavía, mirándome igual que antes. Y cuando más entretenido estaba yo con los cordeles, oí su voz; me estaba hablando. Esto fue lo que me dijo:
"Eres un insensato. Desde que estás aquí, ya has recibido dos avisos para que te vayas. Sin embargo no has hecho caso. Tu osadía ha provocado tu perdición; ya ahí abajo (y señalaba con el dedo hacia el río), te han condenado a morir, de la misma forma que tu matas a esas inocentes víctimas (y volvió a señalar con el dedo, esta vez a los cuatro o cinco pescados que había en la lancha).
Todavía puedes intentar salvar tu vida, alejándote de aquí sin más demora, para no volver nunca más. También te aconsejo que dejes la pesca; deja en paz a estas criaturas que desde tanto tiempo persiguen sin descanso por el solo placer de matarlas. ¡ Marchate, insensato... marchate si aún tienes tiempo! ¡Y no lo olvides, deja la pesca, si no quieres que un día tu lancha aparezca sola por cualquier playa...!"
¿Que te parece?
Al día siguiente estuve buscando al guardián, hasta que lo encontré. ¿Sabes lo que me dijo? Que hacía más de un mes que no iba por el pontón, porque ya no lo señalizaba de noche".
Mi amigo José era un, hombre equilibrado y muy serio, y no contaba con suficiente imaginación como para inventar todo un relato de perfiles esotéricos, como el que me estaba exponiendo. Entonces, si todo era verdad, en el fondo del río existían vidas inteligentes. ¡¡Qué barbaridad,esto es demencial! ¿Pero qué otra explicación puede tener?
José me confesó que, por si acaso aquella amenaza pudiera haber tenido algún sentido, ya nunca más pescó cerca del barco negro, pero siguió tirando sus aparejos en otros lugares del río.
Y una fatal coincidencia, como si fuese la siembra macabra para la duda, en el invierno de unos años después, apareció su lancha varada en la playa, sin que, hasta ahora, su cuerpo haya aparecido.