Estas son las veinticuatro horas de historiada la Navidad, de hace muchísimo tiempo, de un maestro de escuela que, sin ser de esta ciudad, siempre vivió en ella y en ella murió.
Dicen, que Don Matías llegó a estas tierras cuando apenas sabía andar. Lo trajo una señora de alta alcurnia, amiga de su madre, que la acompañó en los últimos días de su infeliz vida.
Esta respetable señora ayamontina, cuyo nombre no vamos a mentar, se vio comprometida a prometerle a la pobre moribunda que cuidaría de su pequeño So hasta que éste tuviese la suficiente edad que le permitiera valerse por si mismo, porque, esto sí, todo menos internado en un hospicio.
Y la señora, como todas esas damas ante las cuales es obligatorio quitarse el sombrero, cumplió su promesa.
Así fue como el pequeño Matías, ya huérfano de padre y madre (nunca se pudo saber si su padre también había muerto o, simplemente, había abandonado a su esposa y a su hijo, algún tiempo antes de que ésta falleciera), pasó a componer, como miembro adoptivo de aquella familia caritativa y aristocrática.
Aquel día 22 de diciembre de... bueno, de lo único que estoy seguro es de que aún no se jugaba la muy célebre lotería, la clase había comenzado, como siempre, a las nueve de la mañana.
Don Matías, pasando sus arrugadas manos por todos los terminales de las bancas, mientras caminaba por el pasillo central, sonreía, tristemente, sin decir una palabra. Parecía como si en aquel momento sus pensamientos huiesen volado muy lejos de allí.
Cuando se encontró al final de estrecho corredor. se volvió y desde allí, con su voz profunda y clara de siempre, habló a sus alumnos:
'Hay, corno todos los años por estas entrañables fiestas, cuando el reloj de la una, nos despediremos hasta que haya pasado el día de Reyes. Esto quiere decir, que, metafóricamente, nos diremos adiós hasta el año que viene. Y también, como todos los años, os pediré que seáis un poco mejor que hasta ahora habéis sido; hay que ir ganando, poco a poco, nuestra mayor perfección en todos los órdenes. Muchos de ustedes, pertenecen a familias pudientes; no olvidaros de las personas que no solamente tendrán dificultades para poder llevarse algo a la boca, sino que hasta no tendrán ni casa donde cobijarse para no morirse de frío; si os la tropezáis par la calle, ofrecedle lo que podáis.
El día 24, estaré en mi casa, y, corno desde hace ya algunos años, cenaré sólo, a no ser que, como les he dicho a ustedes, me encuentre con alguien que no tenga donde ir; si así ocurre, estaré acompañado. Vosotros también podéis acompañarme si queréis.
Y ya, después de este pequeño mensaje de Navidad, la clase será abierta al coloquio y estaremos charlando hasta que se cierre. Nada más. Se abre el coloquio... Tú mismo, Juan, ¿qué te parece...r.
La tarde de ese día 24 era espléndida Don Matías se acicaló bien, sacó su terno de las grandes ocasiones y, con su sombrero y su bastón, se fue a pasear por la Ribera.
Siempre le había gustado mucho contemplar los pequeños barcos de pesca fondeados en el estero. Su conjunto más que gustarle le impresionaba: rústicas embarcaciones descuidadas, mal pintadas, mástiles y antenas , anárquicamente orientadas como si de un bosque muerto se tratara; viejas velas de lienzo, remendadas y descoloridas, como usadas mortajas de hombres irredentos... todo ello, sin quererlo, despertaba en él particularismoss pensamientos que afloraban de más allá de su normal y propio subconsciente.
El sol se iba ya, como americando en la otra orilla del Guadiana, cuando Don Matías abrió el último piñón que le quedaba en el cucurucho de papel de estraza.
-Hola, Don Matías, por si no nos vemos, ¡feliz Navidad! -le dijo un marinero de alpargatas reventadas y gorra de visera hacia la nuca, mientras le extendía su callosa mano, sucia de faenar: era el padre de uno de sus más apreciados alumnos.
Después de haber correspondido al saludo y deseo del marinero, Don Matías echó a andar hacia su casa con el pensamiento puesto en la cena. ¿Quéprepararíaa esta noche...? Que más da... un hombre sólo se avía con cualquier cosa ¿Pero y si -ahora recordaba también su discursito en la clase- alguien llamaba a su puerta diciendo que tenía hambre? Sí, era necesario comprar algunas cositas, por lo que pudiera pasar,
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Había puesto el mantel blanco de hilo, ¿era su vista, ya cansada, o, realmente, el tejido se estaba poniendo amarillo?, los dos cubiertos de plata, uno para él y otro para... una botella de vino y una copa, él nunca bebía, ni siquiera en Nochebuena; un canastito con el pan y dos tortas de chicharrones: en la candela de carbón se estaba terminando de hacer el capón que, ya a última hora, había comprado.
¿Cuántos años había durado aquel mantel de hilo? Pues... si, cuarenta y cuatro años y un mes se preguntó y se contestó Don Matías Parece que estoy viendo a mi querida Mercedes siguió hablándose- cuando, llenada ilusión, y con aquella carita tan preciosa, sonrosada y sin mirarme de frente, me enseñaba su perfecta obra encaje. Fue la primera pieza de nuestra dote, ¡tenía veinte años cumplidos- ¡Porque me la quitaste tan ligero...!! Y sus viejos ojos, llenos de lágrimas, quedaron fijos, carentes de mansedumbre, al filo de la rebeldía y la irreverencia, en el crucificado que, desde siempre, era su guía y su esperanza.
En ese momento cuando todavía seguía mirando al Redentor, llamaron en la puerta.
Era una mujer, vieja y desdentada, con pañuelo negro en la cabeza, zapatos rotos y unos harapos oscuros cubriendo su largo y escuálido cuerpo.
-Buenas noche nos de Dios -dijo aquella especie de arpía, mirando por encima del hombro de Don Matías, hacia adentro.
-Buenas noche-contestó, lacónicamente, nuestro hombre.
-¿Podría darme una limosna?
-Espere un momento -y sin decirle que pasara, fue hasta donde tenia colgada su chaqueta para coger unas monedas.
Los dedos de Don Matías, rebuscaban, nerviosamente, dentro del bolsillo entre las monedas, una de cobre; estaban junta con las de plata y le era difícil distinguidas al tacto.
Fueron solamente unos segundos los que tardó en sacar los diez céntimos. Y para entonces, ya la estrafalaria mujer se encontraba dentro de la casa y a menos de un paso de él.
Don Matías casi se asustó, y, mucho más, cuando observó que los limpios ladrillos del corredor, se estaban manchando de sangre, que salía a través del deteriorado vestido.
Pasando del susto al asombro y del asombro a la indignación, exclamó:
-¡Pero qué hace usted, me está poniendo la casa perdida!
¿Porque ha entrado...?
Los delgados brazos de la vieja llevaron sus manos hasta la cara, sus ojillos quedaron abiertos en señal de estupor, y de la desdentada boca salieron unas torpes palabras a modo de disculpa:
-Perdón... es que... yo. ..yo he pegado en una puerta y ha salido un perro... sí, creo que es un perro, y me ha mordido... yo puedo limpiar el suelo, si usted quiere...
Don Matías la interrumpió, diciéndole que no tenía que limpiar nada, le dio la moneda, le aconsejó que fuese al hospital y la acompañó hasta la puerta; allí la vieja se deshizo en disculpas y se fue envuelta en sus harapos y en el frío de la noche.
Otra vez, como cuando se despedía de la clase, hacía muy pocos días, para disfrutar de sus vacaciones de Navidad, Don Matías recorría cabizbajo el estrecho pasillo que, desde su mesa hasta la puerta de entrada, quedaba entre las bancas. Ya, terminado su recorrido, y sin volverse, preguntó a sus veinte alumnos:
-¿Algunos de ustedes tuvo la oportunidad de compartir la cena de Nochebuena, con alguna persona ajena a la familia?
Lentamente fue girando sobre sus talones hasta que sus agudos ojos terminaron toda la panorámica del menguado recinto. Y se encontraron con veinte brazos alzados que en silencio contestaban a su pregunta.
Su voz, esta vez no tan clara como de costumbre, modularon las siguientes palabras:
'Estoy totalmente satisfecho y orgulloso de todos ustedes... Creo que me habéis dado una gran lección -estas últimas palabras las dijo en un tono que ni los que se encontraban más cerca de él pudieron escucharlas bien-.
Desde hace unos días -siguió diciendo Don Matías-, me encuentro indispuesto, pensaba no venir hoy a la escuela, pero no tenía más remedio. Era necesario comprobar cuántos de ustedes podrían acompañarme en mi falta de interés para realizar una buena obra, aunque la tuve muy cerca y no la aproveché... Todavía no sé porqué... Bueno, como os he dicho, me encuentro un poco cansado y enfermo... Quizás, hasta dentro de dos o tres días, no podremos tener clase... Ya os mandaré razón a vuestras casas. Podéis iros'.
Mientras los niños se iban, Don Matías masculló algo así como: 'Cómo puedo seguir enseñando a estos muchachos, si en las cosas más importantes saben mucho más que yo...?