Forastero


Anaxágoras dijo: "El hombre es inteligente porque tiene manos" ,y un par de generaciones después. Aristóteles aseguró: "El hombre tiene manos, porque es inteligente"
Yo lo siento mucho, sobre todo por el ilustrísimo e incomparable Aristóteles, pero me encuentro completamente cerca de Anaxágoras en esas consideraciones. Todos sabemos que existen muchísimas manos que solamente sirven para colocar el
sombrero en su sitio preciso.                           


Hace algún tiempo coincidí, fuera de aquí, con un señor, paisano nuestro, yo no le conocía, él a mi si. Como sería un poco complicado y sobre todo hacer muy extenso el contenido de este rela­to. Contando esa circunstancia lo hare­mos así: él me conocía y yo a él no.
Tomamos unas copas y charlamos, entusiasmadamente, de nuestro Ayamonte. La conversación, sin que lo buscaramos intencionadamente, deri­vó hacia ese tópico tema de las vicisi­tudes que atraviesan los pueblos cuan­do se quedan sin personas que social­mente aportan su categoría para darles vida y prestigio.
En un momento de nuestra entu­siasmada plática, me dijo que, él y su padre, habían nacido en nuestra ciu­dad, pero su abuelo había llegado con su mujer a principios de siglo proce­dente de otras tierras; montó una in­dustria, se enriqueció y, hasta que murió, siempre fue el forastero en un pueblo que le debía el haberlo elegido entre todos los del país.
Su padre, y él mismo, no fueron como sus abuelos. Los tiempos cam­biaron, la guerra en Europa puso difí­ciles los negocios y... total, se arruina­ron y tuvieron que emigrar.
La historia, aunque por estos deta­lles era como millones de historias en la vida, me interesó por el hecho de haberse producido aquí y decidí volver a tomar otro par de copas con mi nuevo amigo en cuanto tuviera la ocasión. Esta no tardó en producirse. Esta vez no nos sentamos en la terraza de nin­gún bar, lo hicimos en su propia casa, en presencia de su educada y simpática esposa, y sobre un marco repleto de recuerdos de nuestro pueblo.
Fidel, así se llama nuestro protago­nista hablaba y hablaba de toda su familia, pero nunca nombraba a su padre. Eso comenzó a interesarme sobremanera de tal forma que en varias ocasiones fui sorprendido como muy alejado de lo que él seguía contando. ¿Por qué Fidel evitaba hablar de su padre? ¿Por qué un hombre que cuenta trozos de la historia de su familia no incluía sus recuerdos al autor de sus días? ¡Que cosa tan rara!
Ya de pie, y en el momento de des­pedirme, se lo pregunté directamente, sin el menor disimulo.
-¿Por qué no ha dicho nada de su padre en todo el tiempo que ha estado hablando de su familia?
No se inmutó, a pesar de haberle he­cho esta pregunta tan directa e indis­creta a la vez. Pasó un brazo por enci­ma del hombro de su mujer y, mirándo­me escrutadoramente a los ojos, me contestó serenamente:
-Mi padre fue un hombre maldito en Ayamonte. ¿Usted no lo sabía? Creí que después de haber escuchado la corta historia que le he contado de mi familia, habría localizado a mi padre y sabría todo lo que se habló de él.
-Lo siento... No tengo ninguna re­ferencia sobre ustedes. No he coincidi­do con personas que me hablaran de eso que usted me está diciendo.
-Entonces -dijo riendo- sentémo­nos otra vez, y escúcheme atentamen­te: "Cuando murió mi abuelo, mi padre - cogió las riendas del negocio. Era un negocio próspero y de buena solven­cia, pero él, mi padre, quiso introducir algunas innovaciones que no fueron bien, lejos de prosperar, la empresa comenzó a resentirse.
Un día, mientras almorzabamos, nos dijo que había descubierto la manera de hacer dinero rápido sin las preocu­paciones y trabajo que estaba ocasio­nado nuestro medio de vida hasta ahora.
Le preguntamos de qué se trataba y no lo quiso decir. Nos aseguró que era un asunto maravilloso y que cuando lo tuviera ya maduro nos lo diría.
Transcurrieron días, semanas, meses; y nunca volvió a hablar de su fabuloso descubrimiento. Hasta que una mañana, cuando mi madre y yo aún estábamos dormidos, llamaron ala puerta. Dos agentes de la autoridad, preguntaban por mi padre portando una orden de detención contra él.
Para no cansarle mucho, le diré que fue acusado de proxenetismo y some­tido a juicio. La sentencia: un año de prisión y cinco años de ostracismo. Desde entonces toda la familia hemos vivido en Sevilla, nunca más hemos vuelto a nuestro pueblo. Es una cues­tión de orgullo...
Todos queremos muchísimo a nues­tro pueblo blanco del Guadiana, pero, un pueblo es un pueblo y ciertas gentes son ciertas gentes... Lo siento mucho... pero no creo en la bondad de las gene­ralidades... Antes, sí, ahora me costa­ría mucho creer en la verdad cristia­na.., soy ateo por circunstancias y por necesidad de hombre desengañado. Y le autorizo a que pueda publicarlo que estoy diciendo... No tengo ningún in­conveniente. Quizás me sirva de algún consuelo esta pobre reivindicación que veladamente hago a todas las personas que han sido y pueden seguir siendo mezquinas en cualquier parte de la tierra".
Cuando me despedí, al estrechar la mano de su esposa, noté que estaba húmeda de haberse estado secando algunas lágrimas.