Pasada la segunda quincena de Marzo, el invierno agoniza y su más recio aliado, el mar, pierde su cólera, se tranquiliza. Su medio año de descanso, que llegará hasta bien agotado Septiembre, hará que la costa se convierta en un lugar de asueto llamado playa.
Pero nunca debemos olvidar, durante ese periodo cuando el mar descansa, que ese territorio que nosotros ocupamos es suyo de siempre, desde que la tierra existe.
El anochecer de aquel espléndido día de Julio, era perfecto para efectuar una larga jornada de pesca. El ambiente se presentaba sereno y con agradables muestras de una tenue humedad, cuando los pasos del hombre hacían crujir la arena mojada de la bajamar.
Cerca de la desembocadura del río se detuvo y, sin titubeos, eligió el puesto, siempre pescaba allí desde hacía muchos años.
No tiene prisa. La marea no empezará a subir hasta pasada una hora. Daría una vuelta por los alrededores y luego montaría los aparejos.
Sería una ilusión óptica o, posiblemente, el tardío reflejo de uno de los destellos del faro, pero, cuando volvía de su paseo, le había parecido distinguir el fugaz chispazo de un relámpago, allá, muy lejos, en la negra profundidad del horizonte del mar sin luna.
La plomada, junto con el aparejo bien cebado, salió disparada, y fue a parar a más de cincuenta metros, al suave impulso de la flexible caña, con el seguro del carrete algo suelto, solo esperar la gran picada que hace subir, considerablemente, el nivel de adrenalina.
La pesca empezó a darse profusamente. Desenganchado la tercera lubina, de buen tamaño, volvió a sentir, sí, sentir más que ver, aquel lejano momento de resplandor.
A cualquier persona, no tan habituada a la pesca nocturna, le hubiese pasado desapercibido aquel pequeño fenómeno, pero a nuestro hombre, que además de conocer tantas noches solitarias en la misma zona, cuya tranquilidad siempre es rota por los mismos agentes: salidas y entradas de barcos, destellos del faro y de los puntos de señales de la barra, coches de pescadores en el espigón de Portugal y algún que otro avión que sale del aeropuerto de la capital del Algarve, cualquier intrusión en el acostumbrado panorama es captado por él casi intuitivamente.
Y ya, conforme los minutos pasan, sus sentidos, agudizados por la curiosidad, reparten la preocupación por la pesca y por lo que pudiera estar aconteciendo meteorológicamente a muchas millas mar adentro. Una extraña alarma empieza a alertarle de que algo desacostumbrado va a ocurrir esta noche. ¡Pero es imposible! ¿Qué fenómeno natural, de proporciones graves, puede desarrollarse en una situación tan quieta y apacible como ésta? ¡Ninguno! Se trata solamente de un mal funcionamiento de ese sexto sentido que nunca le ha engañado, pero que ahora lo está confundiendo porque se está haciendo viejo igual que él. Muchas pequeñas tormentas de vérano, se desarrollan por fuera, lejos de la costa, y si la noche es oscura, como ésta, los relámpagos se distinguen a mucha distancia.
¡La caña! ¡Dónde está la caña! La mansa marea ha llegado hasta donde se encuentra pinchada la caña y la ha tumbado, ahora está totalmente cubierta por el agua. ¡Pero cómo ha podido producirse un flujo tan rápido! ¿Tanto tiempo ha estado entretenido él con sus consideraciones para que la marea suba tan considerablemente?
Bueno, lo que hay quehaceres limpiar bien el carrete y seguir con la pesca, porque seguir prestando atención a esa ridícula alarma solo conduce a un estado de verdadera situación esquizofrénica que le impedirá continuar con su tarea.
Pero no pudo llevar a cabo la acción que se había propuesto.
metros hacia arriba, el macuto con los aparejos y alguna comida había desaparecido. Sus ojos quisieron taladrar la oscuridad de la noche y solamente distinguieron las luces de lo que sería una caravana de automóviles de pescadores portugueses, que huían por el espigón hacia Villa Real.
Un repentino escalofrío recorrió todo el cuerpo de nuestro hombre Su sexto sentido seguía estando en forma y le había avisado de que alguna amenaza se encontraba latente.
¿Pero de qué peligro se trataba y de dónde vendría?
La mar estaba como un plato. No había el menor oleaje, ni por fuera en los bajos se sentía ruido que pudiera indicar la formación de algún temporal por cualquier cambio brusco del tiempo, solamente existía aquella subida mansa pero precipitada de la marea. ¡ ¡ Habia que abandonar aquel lugar lo antes posible!!
Al principio con pasos ligeros, luego, por instinto, comenzó a correr hacía donde había dejado el coche: más de tres kilómetros era la distancia a cubrir.
Cuando llevaba recorrido unos quinientos metros, y a la altura de la primera ensenada, ya no pudo seguir avanzando más, toda la zona marítimo-terrestre se encontraba inundada y el agua había desbordado las dunas, hasta encontrarse con la que provenía del golfo de la Chaveta, rompiendo la conexión con el resto de la costa
.
Calculó que, para llegar a la duna más cerca que le permitiría alcanzar las zonas más altas, tendría que vadear una franja de unos cien metros. También calculó sus posibilidades: era noche sin luna; no sabía la profundidad que había alcanzado el agua en aquel momento y... lo más importante,¡¡no sabía nadar!!
Su situación, había pasado de ser alarmante a ser desesperada. ¡Había que decidirse sin pérdida de tiempo! O volvía sobre sus pasos o se arriesgaba a pasar.
Optó por esto último. Cruzar lo inundado era su salvación. Si no lo conseguía, sería porque el destino había decidido que su última noche fuese aquella tan apacible y extraña a la vez.
Al borde del amanecer, una bandada de gaviotas revoloteaban en torno a un bulto varado cerca de las dunas.
A simple vista parecía un fardo de ropa mojada y cubierto de arena, después, ya más cerca, se podían distinguir cuatro extremidades que, rígidas como raíces, sobresalían de lo que, sin duda alguna, era el cuerpo muerto de una persona. También, a pocos metros, medio enterrado, se encontraba un pequeño macuto y una caña de pescar.
Y cuando el sol ya había salido invitando a todo el mundo a disfrutar de la playa, la radio y la televisión difundían el siguiente comunicado:
"anoche, sobre las cero horas,se produjo un extraño fenómeno geofísico, localizado cerca de las isla Azores, que alteró considerablemente el comportamiento de las mareas en todo el litoral suratlantico de la Península Ibérica. El flujo, calculado en su máxima subida (pleamar), en setenta grados, alcanzó los ciento treinta y dos grados de coeficiente. A pesar de la gran subida del agua, no hubo que lamentar desgracias personales ni daño alguno. Las playas siguen funcionando al máximo rendimiento y son muy pocas las personas que observaron algo raro en la quieta y apacible noche pasada"