La Historia que no sera Historia


¿Qué valor tiene el silencio, cuando los gritos no han sido escuchado?



La noche no es buena para los seres confiados. Tampoco es buena para los que se encuentran hostigados y se refugian en ella buscando la paz que no pueden encontrar a pleno sol entre sus semejantes. Y mucho me­nos buena para los noctámbulos va­gabundos, que en su andar por calle­jones y vericuetos en sombra, curio­sean y sorprenden, sin querer, accio­nes que solamente están reservadas para que el manto cómplice y sinies­tro de las tinieblas lo cubra.
El hombre de nuestra historia, es un poco de todo lo antedicho, agre­gándole su situación de huérfano y su condición de persona racionalmente grandisminuido. Es joven y corpu­lento, fuerte. Pero su fortaleza se pier­de en esas lagunas de sustos e insegu­ridades construidas por las grandes catástrofes psíquicas que provoca su defectuoso cerebro sumido, casi cons­tantemente, en los vapores del alco­hol.
Cuando el aleteo de las gallinas, subidas en las higueras de los corrales vecinos, anuncian que el día ha termi­nado, él también busca acomodo en lo que muchos años atrás fue un lecho limpio y preparado. Pero duenne muy poco. Horas antes de que el amanecer apunte, nuestra criatura asoma su cara de animal desconfiado por la entrea­bierta puerta, y después de compro­bar que todo se encuentra en calma, sale a la calle y comienza su deambu­lar de todas las noches.
Es su recorrido al azar, sin ningún itinerario previsto. Camina de un lado a otro del arroyo como si buscara re­mansos a través de la corriente; con su vista de lince escudriñándolo todo, sin producir ruidos; con esa astucia que la costumbre concede: es la estra­tegia de la naturaleza.
¡ ¡ Atención, alguien está cerca!! La agudísima percepción que le faci­lita ese sentido no contabilizado por la ciencia, y que paradójicamente en nuestro hombre es el que se mantiene en perfecto estado, le advierte que algo no habitual se está desarrollando en los alrededores. ¡Pero dónde!.
La zona es pródiga en escondrijos. En cualquier rincón oscuro, tras un montón de viejas redes o bajo las tablas de un puente derruido, pueden pasar cosas que la oscuridad ampara y pasan desapercibidas a esas perso­nas que todavía caminan por las ca­lles a tan altas horas de la madrugada.
Pero nuestro infeliz protagonista no se encuentra en la calle por las mismas razones que esas personas a las que nos hemos referido. Ellos viven de algún sitio y van a alguna parte, él, solamente sabe que el pri­mer tramo a recorrer es el de La Villa a La Ribera, luego se perderá por El Banderín o El Arrecife, hasta que al amanecer lo deja por la zona del Mercado. Y mientras que este periplo urbano se ha producido, sus ojillos lo han inspeccionado todo. Y si se ha cruzado con alguien, algunas pregun­tas le habrá formulado.
Ahora, cuando ese sexto sentido le está avisando que no está solo él, su pequeño cerebro, acostumbrado a jugar con la indiscreción, que en él es congénito, comienza a buscar lo des­conocido, lo que no le ha causado daño hasta ahora.
Su fino instinto y su mala fortuna, lo llevan hasta ese trocito de pueblo que tanto ha recorrido y que en tantas ocasiones quizás fue su circunstan­cial refugio de madrugadas de lluvia, pero que en ese momento se conver­tirá en lugar de holocausto.
Llega. Su estúpida risita es como si le ofreciera los buenos días a aque­llos hombres, a los cuales conoce desde siempre. Después comienza a hacer preguntas y a mirarlo todo...
El primer golpe lo deja aturdido. Seguidamente, muchos golpes más que ya, ni su duro cráneo ni sus largos brazos, pueden resistir.
¿Dónde fue tirado, enterrado... el cuerpo muerto del pobre curioso de las madrugadas? ¿Hasta qué punto pudo ser machacada esa cabeza de criatura grande e indefensa, por el solo hecho de asegurarse sus verdu­gos la impunidad...?
No hacía falta cometer esa criminal y despiadada acción, el veía, oía y hacía preguntas, pero nunca le conta­ba nada a nadie.