Hace varios años, citaba en una de estas introducciones una frase solemne de un clásico griego. Por ser tan elemental, y a la vez tan sabia, la voy a repetir: «El hombre no es inteligente porque tiene manos; tiene manos porque es inteligente» ¡Es maravillosa... ¿no lo creen ustedes así?. La inteligencia, en grado aceptable no se puede comprar en cualquier supermercado que nos salga al paso; es una cuestión que comienza en los primeros días de gestación, o sea, que es también, un poco de suerte.
PRIMER ERROR
Para conducir un potente automóvil bajo los efectos de una gran tormenta de agua y viento, es necesario una gran pericia y una lucidez extraordinarias, nuestro protagonista de turno tiene mucho oficio, pero su luz no llega a siete.
El rugido del motor para contrarrastar la presión del viento y del agua, la orden de mantener una velocidad constante de ciento cincuenta kilómetros a la hora, acompañado por el continuo frotar de las escobillas del limpiaparabrisas hacía quizás, que el ruido de fuera, producido por los truenos y otros elementos naturales, fuesen atenuados, porque si no, como podría entenderse que el experto conductor mantuviese su pie derecho pegado con fuerza al acelerador.
¡Venga, que ya nos falta poco para llegar ! - se decía en voz alta, como si quisiera animar a la sufrida máquina.
No se había apagado el eco de sus últimas palabras, cuando a la incierta luz que los faros podían producir a través de gran cortina de agua, distinguió algo en mitad de la calzada, algo que brillaba en la distancia como una señal de peligro.
- ¡Dios mío !...
Fue lo que pudo articular mientras sus pies y sus manos trataban de salvarle la vida, ya que su inteligencia había desaparecido cuando vio el obstáculo, pero no la incapacidad total para su trabajo habitual.
SEGUNDO ERROR
Nuestro protagonista salvó la vida: tres meses en el hospital le sirvieron para recuperar la salud, y según él, para recapacitar sobre todo lo que se refiere a la peligrosidad que tiene la carretera cuando se conduce incesantemente. Por ello, había tomado una decisión que sería inquebrantable: no volvería a conducir más automóviles.
Esta actitud afectó, de forma negativa a toda su familia, ya que todos quedaron supeditados a que cualquier pariente o amigo quisiera cargar con ellos de cuando en cuando.
Viendo nuestro hombre el cambio radical introducido en su casa por su negativa a conducir, quiso paliar la cosa comprando un barco de recreo, así, pensó él) dejaría de ser tan desesperante la situación entre los suyos.
La botadura del preciosa barquito (no tan barquito, ya que tenía diez metros de eslora y un motor de ciento cincuenta caballos), se realizó un sábado del mes de julio) cuando el río y la mar parecían tranquilas balsas de aceite. Todo se produjo perfectamente y dentro de la mayor alegría, sobre todo, por parte de sus hijos.
La mar es inmensamente grande pero también tiene sus autopistas sus caminos y sus insondables precipicios. Esta elemental consideración no se produjo en el menguado ordenador natural de nuestro protagonista. Viendo que todo lo que le rodeaba era totalmente llano salvo algunas ondulaciones producidas por la agradable brisa.
El fin de semana se presentaba climatológicamente espléndido. A una hora temprana de aquel sábado, toda la familia y algunos invitados, cargaron el barco de viandas y útiles de pesca y zarparon rumbo a lo desconocido.
Cuando se encontraban a algunas millas de la costa, dejaron caer el ancla y se dispusieron a disfrutar de la libertad y la grandeza que el océano les ofrecía. Así estuvieron varias horas hasta que, de una manera continuada, observaron el paso de barcos, que siempre con el mismo rumbo, navegaban hacia la costa. También observaron que allá, en la lontananza, había algunos celajillos, como trapos desflecados que se movían lentamente hacia ellos.
¿Por qué todos los barcos se iban, siendo tan temprano todavía?, pensaron la mayoría de los ocupantes del flamante yatecillo. Todos, menos su dueño y patrón, que ocupado en atender cordial y generosamente a su familia e invitados, no le quedaba tiempo para pensar.
- Oye, ¿te das cuenta que ya no pasa ningún barco?. - De qué barcos me estás hablando?.
- De los que han estado pasando continuamente, con rumbo a la costa.
- Estarían ya cansados de este sitio y se habrán ido a otro lado. ¡Venga, estas «cagao»; ahora vamos a tomarnos el vinillo con jamón y después nos vamos a otro sitio...!
Mucho se habló, y durante mucho tiempo, de aquellos naúfralos que, a la puesta del sol de un día de verano, aparecieron en la costa, salvados todos, milagrosamente. de aquella aparatosa tormenta estival.
TERCER ERROR
No te amilanes, Justo. Tú tienes que olvidar el barco y todo lo que ha pasado anteriormente. Porque si sigues pensando en todas esas leches del fatalismo, te volverás majareta. Echale huevos hombre y... adelante!.
Así aconsejaba un intimo amigo a nuestro hombre de «mala suerte», mientras tomaban café en la terraza del bar de costumbre.
Al día siguiente, cuando la mesa se encontraba puesta para almorzar, entró eufórico en su casa y casi gritando dijo:
- ¡Acabo de comprar una escopeta...!
Todo el mundo dio un alarido y, se pusieron en pie, como impulsados por un resorte:
- Sí, si señor, aqui ya se acabaron los complejos. La caza es el deporte más antiguo de la humanidad y el más noble de todos. Nos iremos los fines de semana a la sierra; ya me he hecho socio de un coto, y en la cuota que hay que pagar entra el transporte hasta el lugar de cacería; así no tendremos que utilizar coche ni nada que nos ofrezca peligro.
El lunes 14 de noviembre, el diario de la provincia sacaba la siguiente noticia:
Ayer, día 13, ha fallecido en accidente de caza, Don Justo Bueno Malaespina.
Se supone, que por ser cazador sin experiencia, apoyó los cañones de su escopeta contra el suelo, a modo de bastón, siendo esto motivo para que se formaran tapones de tierra que al ser disparada el arma, ésta reventara, causándole la muerte instantanea.
Descanse en paz el alma de un hombre, que se esforzó en esquivar las fuerzas del mal, que le perseguían desde mucho tiempo atrás, pero que se equivocó de método: todo quiso hacerlo con las manos.