Un Paseo por Ayamonte -Capitulo IV


-  Ya te dije el otro día, que la mordacidad y la ironía, entre noso­tros no son buenas, pueden hacer-
daño.
- ¡Eso no me lo digas a mí, tú eres el que ha empezado con el cuento ese de mi alma...!
- ¿Si te pido perdón, y además añado que estoy arrepentido, todo queda en nada?
- Por mí, no hay inconveniente, aunque debo decirte, que he leido tus tres últimas chorradas y me parece que te estás enseñando conmigo. Después de este educado reproche, ¡¡porque no me dirás que no tengo razón, leche!!, no tengo nada más que objetar.
- Muy bien, Diego... amigos como siempre, y entremos ya en materia.
- Solamente he venido dos veces a "ver salir al Señor".
La primera, cuando todavía este lugar era la calle de la Amargura: la vía accidentada, difícil y ruidosa. Y la segunda, cuando ya las obras de 'mejora" habían terminado.
He tenido tiempo para reflexio­nar, sobre todo, el porqué de aquel malestar, causado en muchísimas personas, cuando la agreste configuración del pavimento fue modifi­cado.
¿Me sigues...?
-    Sí, perfectamente... continúa.
- Entre esas gentes que protesta­ron, la mayoría eran personas de aquí, de la Villa, que cuentan ya con muchísimos años de edad y que además pocos libros han leído, por supuesto, mucho menos los dedica­dos a servir de crónica fidedigna sobre aquel acontecimiento ocurri­do hace dos mil años, en el camino de la Plaza de los Juicios hasta el Gólgota en Jerusalén.
No me creerás, pero puedo asegurarte que con muy poco esfuerzo me situé en aquel pedregoso cami­no de otro tiempo, y vi la misma gente, con los mismos gestos, con

las mismas actitudes, aglomerados a ambos lados de la rudimentaria avenida, construida con guijarros blancos y grises. Con la mirada ávida por localizar a aquel personaje que me faltaba en mi retrospectivo indagar,por el tiempo busqué des­esperadamente por entre la multi­tud lleno de dolor, de asombro y también de inconsciente satisfac­ción homicida, hasta que lo encon­tré. Estaba sentado, esperando, con la barba manchada de vino rojo; con las manos sucias y las uñas negras agarrando fuertemente el búcaro de barro lleno de ua fresca, para cuando llegara El, muerto de sed, decirle: "Anda, anda...".
La misma gente, los mismos gestos, el mismo marco, que cuan­do por primera vez fui a verle salir aquí en la Villa.
- ¡Madre mía! ¿Cuántas lenguas te has comido hoy? Yo...
- ¡Espera, hombre.., un momen­to, por favor; todavía no he termina­do...!
-pero todavía hay más!!
-  Sí, Diego; todavía hay más. Creo de verdad, de verdad de la buena, que mi imposibilidad de diferenciar los rostros y el lugar de hace dos mil años con los de ahora, no se debe al fenómeno natural de las referencias, estoy seguro que es debido a que somos las mismas per­sonas y hasta el mismo lugar. Aquí solamente existe un error de itinera­rio: Nuestro Padre Jesús, debe salir de la Ribera y terminar su recorrido aquí, al final de esta calle, o, si tu quieres, en la Plaza del Salvador, en el Gólgota de Ayamonte. ¿Qué te parece?
- ¿Sabes que estoy apunto de de‑
jarme convencer?
-          ¡ ¡Claro que sí, Diego, ahí está el
quid del asunto, el recorrido siem­pre se ha hecho al revés!!
¿Tú no te das cuenta?
Estas personas que no querían que se perdiese el aspecto doloroso de esta calle, lo hacían porque ha­bían estado allí. Bueno, quiero decir, que en sus genes se encuentran re­gistradas todas aquellas vivencias de hace veinte siglos.
Escucha, Diego. En la sangre, se encuentra un elemento que...
-          ¡Por favor, despierta! ¿En qué quieres convertir este paseo por Ayamonte, en un circo?
- Creí que estabas conmigo …
- ¡Yo que voy a estar contigo en estas locuras que estás diciendo! Simplemente he dicho que pudiera estar contigo en lo referente al reco­rrido que hace la procesión, pero nada más. ¡Dios mío, este tío está para que lo encierren!
-          Un respeto Dieguito, ¿o es que estás celoso porque hoy no eres tú el que está peroratando?
-          ;Escúchame, "abombao"!! Te dije que como volvieras a lla­marme...